por Sergio Antonio Herrera, desde Punta del Este
No se trata de una crítica política ni de un cuestionamiento personal a quienes han pasado por la gestión del organismo. Es, simplemente, una observación metodológica. Cuando un sector económico de la importancia del turismo se mide con una sola fuente institucional, el sistema pierde algo esencial: la posibilidad de contrastar los datos.
Hoy en Uruguay ocurre exactamente eso. Consultoras, cámaras empresariales, organismos públicos, universidades y medios de comunicación utilizan cifras que, en última instancia, derivan del mismo punto de partida. Se produce así una suerte de circuito cerrado en el que los números se reproducen, se citan y se validan mutuamente, pero rara vez se verifican con fuentes alternativas.
El problema no es menor, porque el método principal con el que se construyen esas estadísticas sigue siendo el de las encuestas al visitante en frontera. Un mecanismo que fue estándar durante décadas, cuando la tecnología disponible no permitía otra cosa, pero que en el mundo actual comienza a mostrar sus límites.
Las encuestas dependen de muestras. Dependen también de la disposición del viajero a responder preguntas y de su propia percepción sobre cuánto gastó, cuánto tiempo permanecerá o cuál fue el motivo principal de su viaje. Son, en definitiva, declaraciones. Y como toda declaración, contienen un margen inevitable de error.
Mientras tanto, el turismo mundial ha entrado en una era completamente distinta. Los grandes destinos turísticos están utilizando cada vez más herramientas de Big Data: registros de telefonía móvil que permiten medir movilidad real, datos agregados de tarjetas de crédito que reflejan el gasto efectivo, información proveniente de plataformas de reservas, análisis de geolocalización y flujos digitales de viajeros.
Nada de eso sustituye completamente a las encuestas tradicionales, pero sí las complementa y, sobre todo, las contrasta. La diferencia es sustancial: se pasa de una estimación basada en muestras a una aproximación mucho más cercana al comportamiento real del mercado.
Uruguay, sin embargo, sigue apoyándose casi exclusivamente en el modelo anterior.
A este panorama se suma otro dato significativo. Hace más de quince años el país decidió avanzar hacia la construcción de una Cuenta Satélite de Turismo, el instrumento recomendado internacionalmente para medir el impacto real del sector en la economía.
La idea era ambiciosa y correcta: integrar el turismo a las cuentas nacionales y poder determinar con precisión su aporte al Producto Interno Bruto, al empleo y a la cadena de valor de múltiples actividades.
Sin embargo, con el paso del tiempo la iniciativa nunca terminó de consolidarse como un sistema permanente de medición. El resultado es que el país sigue manejándose con estimaciones generales sobre el peso del turismo en la economía, pero sin el nivel de precisión que hoy exigen las políticas públicas modernas.
El tercer eslabón de esta cadena estadística es el registro migratorio. La Dirección Nacional de Migración cuenta con el control de entradas y salidas del país, pero esa información todavía no se explota con el grado de desagregación y modernización tecnológica que permitiría transformarla en una verdadera plataforma de inteligencia turística.
Así, el turismo uruguayo se encuentra en una situación paradójica: es uno de los sectores más mencionados en los discursos económicos, pero al mismo tiempo uno de los que dispone de menos herramientas modernas para medir su verdadero comportamiento.
Los números existen. Cada año se publican cifras de visitantes, de gasto turístico y de ingresos por divisas. Pero la capacidad de auditar esas cifras, contrastarlas con otras fuentes o analizarlas con profundidad estructural sigue siendo limitada.
Y en un mundo donde las decisiones se toman cada vez más en base a datos precisos, esa debilidad no es menor.
La pregunta de fondo, entonces, no es si los números actuales son correctos o incorrectos. La pregunta es otra: si un país que aspira a competir en el mercado turístico internacional puede permitirse seguir midiendo su principal industria de servicios con herramientas estadísticas concebidas para otra época.
Porque en el turismo del siglo XXI la información es poder. Los destinos que lideran el mercado saben quién viaja, cuánto gasta, dónde se mueve y cómo cambia su comportamiento casi en tiempo real.
Uruguay, en cambio, todavía intenta comprender su turismo a través de encuestas y estimaciones.
Y mientras el mundo mide con radares, satélites y algoritmos, nosotros seguimos navegando con brújula y sextante.

