por Ricardo Montenegro, desde Colonia del Sacramento
De The Beatles, cada uno de sus integrantes, vida y obra musical se ha hablado mucho y se conoce casi todo, salvo tal vez por lo que oímos de algunos conductores de la TV uruguaya.
Ni hablar sobre la memoria fresca del concierto del domingo, así que en eso no me extenderé; sólo trataré de recordar algo y hablar más de lo que sentimos los seguidores de la banda más importante de todos los tiempos, los que comprábamos sus discos cuando aún estaban juntos.
En una canción de “Ten Years After”, banda de rock de los 60´s, se oye “I´d love to change de world, but I don´t know how to do, so i´ll leave it up to you”. En español “amaría cambiar al mundo, pero no se cómo hacerlo, así que te lo dejo a ti”.
Quizá no lo veían por cabalgar las mismas olas, pero desde Inglaterra, en la dura y portuaria Liverpool, un par de muchachos tomaron la música del Rhythm & Blues, oyeron a Elvis y a Berry, le dejaron el toque de las baladas de esa ribera del Mersey y se lanzaron a componer en menos de una década, canciones que los harían inmortales.
Esa música cambiaría al mundo para siempre, porque el mensaje a los jóvenes venía de iguales, de tipos de 20 años, que producían temas como máquinas, probaban un estilo y otro, inventaban acordes, cortaban y unían ritmos como se suponía no se podía hacer y cada long play, no se rían que así se decía en Inglaterra e igual nosotros, rompía la barrera de los anteriores.
John Lennon, Paul Mc Cartney, George Harrison y Ringo Starr se convirtieron al cabo de un par de años, en tiempos sin Facebook, iTunes, YouTube, bajada de temas; qué digo, ¡sin computadoras! en iconos globales y notorios promotores de la paz en momentos de conflictos.
Mi peregrinación al Centenario
Tricolor yo, al Centenario he ido sinnúmero de veces, para que algunos me entiendan, con más triunfos que derrotas; pero el camino para este concierto no era
el usual.Para quienes no vivimos en Montevideo, sino en Uruguay, la peregrinación comenzó cuando se pusieron a la venta las entradas –no se por qué la mitad de las que finalmente fueron- y se agotaron, en minutos; para mi en Colonia, en tres...
Mi deseo, tonto para algunos o muchos, era que pudiera tener la alegría de ver a Sir Paul –a quien ya había visto en otro país- en escena, con mis hijos, todos ellos; igual mis hermanos y sobrinos, así que los tres minutos parecieron menos, los lugares que quedaban sumaban demasiado al presupuesto.
Parecía que se truncaba el proyecto de los Montenegro On the Run, habíamos pasado el largo y sinuoso camino, pero no tendríamos nuestro tour mágico y misterioso.
Un día ¡alerta! salen más entradas a la venta y allí si pudimos salvar la barrera de los tres minutos y adquirir algunas y a poco, ¡otra vez! y en esa oportunidad pudimos compaginar un combo de entradas para que pudiéramos asistir.
Qué puede decir un fan del espectáculo, aunque Mc Cartney aguanta más que muchos de los veteranos que estábamos viéndolo, la música de medio siglo de historia nos llevaba a tiempos lejanos y evocaba en nuestra memoria escenas de la juventud.
Al cabo, a ella la vivimos como todas las generaciones de adolescentes, cuando el amor es para siempre, el primer beso es develar el misterio que descubrimos ocultaba cuál era la cosa más dulce; para casi todos, la obligación era estudiar y el dolor, obligaciones y pérdidas, estaban a años de ser descubiertos; pero crecimos con The Beatles al lado, en cada dial y cada tocadiscos –también se decía así- en nuestra casa o la de los amigos.
Fuimos afortunados
En una época de decaído hip hop, rap, Gagas, Biebers, Wachis, Jonas, la devaluada cumbia devenida a villera, con la que nos bombardean televisión y radios, además del sempiterno mensaje protestón y tristón autóctonos, la frescura de la actuación y ejemplo de vida de Paul Mc Cartney, quedará grabada en los uruguayos.
Con su súper show –considerado de los mejores del mundo- quizá se dé algo similar a quienes decían haber visto cantar a Gardel, aseveraciones cuya credibilidad disminuía al paso de las décadas, hasta que la lógica de la vida las extingue; si fuéramos a creer en todos los que dicen haber ido al acto del Obelisco en 1983, el Uruguay de entonces hubiera requerido tener más habitantes que hoy y estar todos en la capital.
El maestro en escena
El artista no apareció con la impronta del gladiador cargado de batallas, dispuesto a dar lo mejor porque quizá sea la última; Mc Cartney sube al escenario y actúa con la fuerza y la alegría de la primera vez, da todo.
Allá arriba, con sus canciones y mensajes, nos recordaba que el presente es el tiempo a vivir y que siempre hay un mañana.
Es lo que veíamos en las caras de los más chicos, que asombrados descubrían de donde venía todo, y el estadio, a cantar, bailar, saltar, gritar, quitarnos por un rato la apatía natural del uruguayo.
Para ellos, como nosotros antes, todo mayor de treinta años es viejo, pero el Sir del espectáculo era Paul, a secas, un igual, que se resume en la pregunta de un chiquilín al padre a la salida: ¡un fenómeno Paul! ¿Cuántos años decís que tiene, el doble que vos?
La cosa es que al final fuimos, disfrutamos, comprobamos que como todo en este país, sólo se necesitan algunos retoques, ratificamos nuestra pagana religión beatlemaníaca y pasamos el test de los muchachos; qué más podemos pedir: fuimos de los 55.000 que vimos a Sir Paul Mc Cartney en su presentación en Uruguay.
Y cuando vuelva, allí estaremos.
Portal de América


Comentarios
Y siguen marcando generaciones de fans, que bueno que la música de Paul llegue a este país para contagiarnos algo de la mejor musica!, todo un espectaculo!
Ojala se repita alguna vez.