Buscando la mejor playa del mundo
Lunes, 06 Diciembre 2010

Periodistas y colaboradores habituales de Domingo fueron desafiados a responder una pregunta simple y directa: ¿dónde está la mejor playa del planeta? Además de la pregunta, la única instrucción fue escribir 2.500 caracteres, para argumentar la respuesta y dejar claro que el resto de los columnistas estaba muy equivocado con su elección.

 

Desde Boipeba en Brasil a Mombasa en Kenia, pasando por playas de Antigua y Barbuda, Estados Unidos, México, Tailandia y de la Polinesia Francesa, aquí están 7 de las mejores playas del planeta.  

Donde las playas no tienen nombre Raivavae, Polinesia francesa

No se trata de alardear ni nada parecido, pero he chapoteado en playas de Brasil, Caribe, Tailandia y el Adriático y nada -de verdad, ningún sitio que conocí- se compara con la diminuta Raivave, las más austral de las islas del archipiélago de las Australes, en la Polinesia Francesa.

Es cuestión de gusto, lo sé, y me parece que antes de divagar con el recuerdo con olor a flores de Raivavae, lo mejor es que explique de manera breve los reparos que tengo con el resto de los destinos playeros famosos que conozco.

No se trata de ser políticamente correcto, pero partiendo de la base de que lo pasé muy bien en cada uno de estos lugares, debo aclarar que Brasil, por ejemplo, no me gusta mucho porque existe el 99 por ciento de probabilidades de encontrarse con un chileno -lo que siempre le resta exotismo al viaje- y, además, a la segunda canción de bossa nova comienzo con arcadas. En el Caribe, mi principal crítica es la comida, que, si no es la típica -arroz, frijoles, cerdo frito y pescados desabridos-, es el clásico y aburrido buffet de restort. En Tailandia, todo es exótico, comida deliciosa y mi reparo quizá sea muy rebuscado, pero me incomoda la temperatura del agua: al menos en abril, cuando estuve ahí, duré dos minutos chapoteando hasta que me sentí como camarón en sopa tom yam kung. Por último, en el Adriático, dormí cuatro noches en Cavtav, un pueblito de cuento en la costa de Croacia, a 45 minutos de Dubrovnik, que era tan opulento -con yates de 50 metros y Maseratis por todos lados- que me hizo sentir incómodo.

Aclarado eso, vamos con Raiavae, que es sólo un ejemplo más de decenas de playas polinesias que siguen viviendo en el pasado, muy lejos de las convencionales Moorea y Bora Bora.

Después de un vuelo de dos horas desde Papeete -Air Tahiti tiene 3 servicios semanales- en un pequeño avión de los años 70, por la ventanilla divisé una masa verde de vegetación salvaje, salpicada de unas pocas construcciones, rodeada por arena rosada y aguas de color azul, celeste y esmeralda.

Al bajar, partí a mí pensión en un jeep destartalado y, en lo más parecido que he sentido al amor a primera vista, de inmediato sentí ganas de volver. Lo que siguió fue una confirmación constante de ese sentimiento: comí en la casa de Eléonore y Dennis, los dueños de Tama Inn, la pensión, que no es más que una casa familiar con dos dormitorios para turistas. ¿Debo aclarar que no hay hoteles ni menos  resorts en Raivavae?

Al día siguiente, caminé cinco horas para dar la vuelta a la isla y anoté todo lo que vi en mi libreta: una planta eléctrica a petróleo, un cangrejo atropellado y un basural. Dos colegios y dos máquinas retroexcavadoras. Tres iglesias, tres chanchos y tres motos. Cuatro gatos y cuatro hombres cortando maleza (en total, hay mil habitantes). Siete niños jugando. Trece perros. Quince autos. Unos treinta postes de alumbrado público. Más de cincuenta gallinas. Alrededor de cien casas, casi todas pintadas de celeste, rosado y verde agua. Nada más, además de 15 kilómetros de playas en las que nadie se bañaba.

Fuera de la iglesia, un domingo al mediodía, conocí a Moe Panai, un tahitiano que me dijo que él, como todo el mundo en Raivavae, nunca se bañaba en las playas de aguas turquesa, con cocoteros y arena como el polvo.
"¿Por qué?", le pregunté, y él me respondió "no sé", levantando los hombros.

Probablemente eso explica que las playas de Raivavae -"cielo abierto", en lengua nativa- no tengan nombre y sólo sean arena y agua para sus habitantes. Qué se yo. Eso fue lo que me fui a pensar la última de mis tardes a la playa que me pareció más atractiva después de un paseo en bicicleta.

En las tres horas que estuve ahí, por supuesto, no vi a nadie y, lo mejor, nadie pasó vendiendo nada. Fue en ese momento que pensé que escribir un artículo sobre la isla, cualquier cosa que atrajera turistas -actualmente llegan 5 a 10 por semana- era una traición, que atentaba en contra de mi deseo de volver pronto y encontrarla tal cual: salvaje, cien años atrás en el tiempo, sin email, ESPN y donde las playas no tienen nombre.

Raívavea es sólo un ejemplo de las playas polinésicas que viven en el pasado
La rebelión del pasaddoMontauk, Nueva York

No se aceptan cheques ni tarjetas de crédito; los niños llorones o gritones hay que sacarlos del local hasta que se callen; no se puede hablar por teléfono celular. Son las reglas del restaurant de George Watson, The Dock, en la bahía de Montauk, un bello pueblo de pescadores, veraneantes y surfistas en el estado de Nueva York.
Hace un tiempo, Watson, que no tiene contemplaciones a la hora de hacer cumplir sus reglas, decidió confiar de una buena vez en la tecnología y encargarle a sus hijos que le compraran un bloqueador de señal de celulares.
Era caro, muy caro, pero lo compró igual y lo hizo funcionar. La satisfacción duró hasta que empezaron a llegar sus vecinos, los de los botes de pesca, a quejarse de que estaba interfiriendo con su señal de radio.

George Watson se dio cuenta entonces de que había cosas que más valía hacerlas a la antigua y volvió a lo de siempre: cuando sorprende a un cliente con el celular en la oreja se acerca gritándole que eso está prohibido.
Con un megáfono en mano. A Watson, un veterano de Vietnam, ex policía y ex bombero que emigró hace casi 40 años a este pueblo al final de Long Island, le gusta mantener ciertas cosas inalterables. Lo que pasa afuera de The Dock, sin embargo, es más difícil de conservar: hace rato ya que Montauk empezó a convertirse en uno más de sus vecinos: los Hamptons, con sus mansiones playeras, sus yates y su población flotante de gente acaudalada de Manhattan. El año pasado, de hecho, una casa del delincuente financiero Bernie Madoff en este sitio fue rematada por casi 9 millones de dólares para indemnizar a sus víctimas.

Montauk, sin embargo, aún conserva parte del carácter que la convirtió en el paraíso veraniego de la clase trabajadora neoyorquina. Hoy, en tres horas uno viaja desde Manhattan hasta el lugar donde solía estar el Montauk original (hasta que el Gran Huracán de 1938 la borró): Navy Road, una playa redescubierta por la marea turística. Es parte de una oferta de playas que van desde los tradicionales puntos de peregrinaje de surfistas -Ditch Plains y Turtle's Cove, esta última junto al icónico faro- hasta la de los aficionados al camping, como Colloden Point.

Montauk aún tiene playas tranquilas desde donde se pueden ver yates lujosos y botes de pescadores; tiene sitios donde perderse viendo el atardecer rojo, y moteles playeros con cortinas horribles y colchones viejos en donde echarse a recordar lo que en otras partes uno querría olvidar. No creo que sea casualidad que en Montauk se haya filmado Eterno resplandor de una mente sin recuerdos: este lugar te deja claro que el pasado siempre encuentra una manera de colarse en el futuro.
Mombasa, lo mejor del ÍndicoMombasa, Kenia

Ahí está el Índico, celeste como una piscina. El agua es tibia, siempre lejos de parecer un caldo. Hay brisa, pero no enfría; sólo hace flamear los pareos. Los botes que ves ahí, esas lanchas de madera y pequeños veleros, son para ir a pescar mar adentro. La arena es blanca y tan delgada que los pies te quedan empolvados. Podría ser cualquier buena playa del mundo, cualquier típica playa postal, hasta que aparece un flaco vestido como miembro de una tribu Massai, que habla en swahili y que vende artesanía en madera con forma de jirafas, o elefantes, o colmillos.

Todo ocurre en Kenia, al este de África. El lugar se llama Mombasa, una pequeña ciudad con las mejores antigüedades y artesanías de esta parte del continente, y cuyas playas se han mantenido como un clásico del mar con las mejores costas del mundo: el Índico.

El Índico tiene dos océanos más grandes que él, pero ningún otro tiene tantos destinos paradisíacos: de este mismo mar salen playas en el Sudeste Asiático, en Australia, en Medio Oriente y aquí, en el Este de África, en las costas de Kenia.

Mombasa se recorre en poco tiempo. La avenida principal se llama Moi y tiene unos cuernos gigantes, construidos como un arco, por debajo de los cuales pasan autos y motos y bicicletas y kenianos que trotan y trotan para ir al trabajo o a la casa. La ciudad tiene barrios musulmanes, un sector de portugueses, los mejores restaurantes indios del país, y una gran población flotante de europeos que vinieron de vacaciones y que ya no pudieron escapar de estas playas.

La ciudad tiene un puerto, grande y pequeños mercados. Frente al puerto, el barrio de Nyali: bares y restaurantes con turistas vestidos como si vinieran de un safari. Cerca de Mombasa hay reservas de animales y poblados de artesanos. Para llegar, las dos vías más comunes son: tomar una avioneta que se mueve como juguera desde Nairobi; o un Boeing charteado, que llega desde alguna capital europea.

A un costado de la playa están los hoteles lujosos, con piscinas grandes y desayunos con champagne. Por delante está el día, donde la tarea será administrar las horas: cuántas nadando en el mar, cuántas caminando por el centro, cuántas leyendo algún libro que hable de viajes, y de África, y de los Massai, y del océano Índico con sus playas de colección donde se puede pescar peces espada.

Si quiere corroborar la escena, va un consejo. Desde la terraza del restaurante Tamarind, en el barrio Nyali, se tiene la mejor vista de Mombasa.

Brasil 10 - Caribe 0,  Boipeva, Brasil

Podría decir que estuve ahí cargando sandalias y guayaberas como peso muerto. Retozando descalzo y sin camisa en playas solitarias y asombrosas. Comiendo camarones, feijoada y peces como única opción. En playas habitadas por pescadores que terminaron regalando hectáreas a gringos que llegaron como yo -mochila al hombro- y que, a diferencia mía, tenían los dólares para construirse una vida nueva. La historia que parecen escribir sobre la arena todas las playas famosas del mundo.

Podría haber seguido con mi plan de recorrer los 700 kilómetros que separan a Salvador de Bahía de Trancoso, si no hubiese aparecido Boipeba. Entonces, al quinto día, dejé de moverme. Pero seguí viajando.

Me quedé un mes, pero podría asegurar que en Boipeba me he quedado toda una vida. He vuelto físicamente -en invierno, en verano, en primavera-, pero por sobre todo he vuelto a recorrerla en pensamiento una y otra vez.

Lo descubriría años después: eso pasa con todas las "mejores" playas. El mundo está repleto de ellas, pero es en la inmensa costa de Brasil donde la vida playera alcanza niveles de intensidad mística. Pongámoslo así: si comparamos al Caribe -y su casi inexistente vida playera local- con Brasil, el resultado sería el mismo a si se enfrentaran en el fútbol. Goleada.

Boipeba es un buen lugar para cumplir la fantasía de jugar de local a pesar de ser visita. Una isla sin autos, cajeros automáticos, policías, ni gringas locas gritando. Donde si uno quiere bailar debe encontrar la única "disco" del lugar y aprender a bailar arrocha -especie de vallenato con sound brasileño- entre las miradas risueñas de los boipebanos, sorprendidos de verte ahí, colgando una botella vacía del árbol donde todos en Boipeba hacen lo mismo. Un lugar donde ciertas noches se pueden oír las voces roncas del candomblé, mezclándose con el trance de las cigarras. Una isla donde es posible toparse con una fiesta de 15 años en medio de la playa, entrar sin invitación, beber gratis y hasta bailar con la festejada. Un lugar de enormes playas quietas y hermosas -como las hay en tantas partes-, pero que sigue manteniendo el sabor local que las postales del mundo han terminado por destruir. Un lugar donde un mes resulta insuficiente. Un lugar para volver cada vez que se cierran los ojos.

Un bar, una isla, una idea Caribe

Por Minutos antes había escapado del hotel en Antigua. Era un all inclusive como hay tantos en el Caribe y contra los cuales no tengo nada personal. Buscaba algo diferente, menos "turístico", la obsesión de todo reportero de viajes. Y no demasiado lejos, siguiendo caminos casi siempre asomados a la costa, apareció  Half Moon Bay, que era efectivamente como su nombre, una media luna de muy clarita y fina arena.

Acomodado en un bar sin grandes aspiraciones, pensaba que, con todo lo turístico que parece ser el Caribe ("turístico", con ese tono despectivo que le dan usualmente los que se ven a sí mismos como "viajeros" interesados en conocer la cultura local), siempre puedes dar unos pasos más allá y encontrar una Half Moon Bay.

Mientras probaba pedazos de pescado perfectamente frito, recordaba otro escape de un viaje anterior. Huyendo de otro hotel, en la pequeña isla de St. Lucia pasé por Castries y me quedé un rato mirando un partido de cricket, y luego llegué a Marigot Bay, una bahía estrecha y bien protegida entre dos colinas cubiertas de selva, donde el mar era una piscina que mecía barcos elegantes. En Jamaica, también escapando, llegué a Winnifred Beach, cerca de Port Antonio, una playa pública y libre de resorts, lo que en este país parece imposible. Y en Turcos y Caicos, a Fort George, un cayo de arenas blancas y playas que cambian de forma -y a veces, de lugar- luego de cada huracán.

El Caribe, el mismo Caribe de los paquetes turísticos y las vacaciones pre-pagadas, está lleno de islas e islotes y cayos y, a veces, simples montículos de arena que apenas se asoman sobre las aguas, a los que todavía no les hemos echado un vistazo siquiera.

Miraba el mapa, ese día en Half Moon Bay, y veía un interminable derrame de manchitas blancas sobre esa sábana azulada que era el mar Caribe, y sabía que la única manera de conocer alguna vez una mínima parte de ese mundo soleado y caluroso, somnoliento, plácido, a veces violento, sería quedándome aquí. Había tanto por ver en esta región que todo el mundo cree ya demasiado turística, demasiado vista, muy conocida y que, quizá por ese mismo prejuicio, aún guarda -y seguirá guardando- tanto rincón por descubrir.

Necesitaría un bote. Claro que lo necesitaría: "un velero", pensé.

Exprimí algo más de limón sobre el pescado y guardé el mapa. El bar estaba a punto de cerrar.

ilustraciones: Francisco Javier Olea
fuente: diario.elmercurio.com

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