La eterna confusión con lo argentino
Jueves, 16 Julio 2026

La eterna confusión con lo argentino

Editando el suplemento Cicerone de La República, allá por 1990, publiqué un breve artículo en el que decía que, si la final del Mundial era Argentina-Alemania, no tenía la menor duda de que quería que ganaran los vecinos de la otra orilla. No existían las redes sociales, pero por entonces tenía también un programa de radio y esa misma noche batí el récord de llamadas de oyentes. Me dijeron de todo. Menos lindo y bueno, prácticamente cualquier calificativo.

por Sergio Antonio Herrera, desde Montevideo

Han pasado más de tres décadas y sigo pensando, en esencia, lo mismo. Cuando Uruguay queda fuera de competencia, mi simpatía suele inclinarse por Argentina. No por una cuestión futbolística sino porque, más allá de la rivalidad deportiva, compartimos historia, cultura, costumbres, afectos y una manera muy parecida de entender la vida. Además, tengo amigos-hermanos del otro lado del río.

Sin embargo, en la semifinal de este miércoles 15 frente a Inglaterra ocurrió algo que me llamó la atención. Mientras en buena parte de Uruguay —incluyendo gente muy cercana a mí— crecía un abierto favoritismo por Inglaterra, yo tampoco estaba con Inglaterra. Pero, por primera vez en mucho tiempo, tampoco estaba claramente con Argentina.

Y eso me obligó a preguntarme por qué.

¿Por qué yo, que siempre termino deseando que Argentina avance cuando Uruguay ya no está, esta vez me sentía completamente neutral?

La respuesta no la encontré en el fútbol. Tampoco en los jugadores, que en su enorme mayoría despiertan admiración por su talento y competitividad. Mucho menos en el pueblo argentino.

Porque conviene aclarar algo que demasiadas veces se confunde. Los argentinos no son los porteños. Y ni siquiera todos los porteños responden al estereotipo que tanto nos gusta caricaturizar. Es verdad que existe un perfil soberbio, ampuloso y autosuficiente que suele asociarse a algunos habitantes de Buenos Aires, pero no son todos,ni cerca.

Y ya que estamos, vale otra aclaración que casi nadie hace: los montevideanos también somos porteños. Vivimos en una ciudad puerto y, por lo tanto, el término nos corresponde tanto como a los habitantes de Buenos Aires. Lo que ocurre es que el uso terminó apropiándose de esa denominación para identificar exclusivamente a los bonaerenses.

Por eso, cuando hablo de los porteños babosos, no estoy hablando de una condición geográfica sino de una actitud. Y de esos hay a ambos lados del Río de la Plata. Los hay en Buenos Aires y también los hay en Montevideo.

La inmensa mayoría de los argentinos, especialmente, son casi iguales a la inmensa mayoría de los uruguayos. Gente hospitalaria, sencilla, afectuosa, trabajadora y con esa mezcla de nostalgias, pasiones y sentido del humor que compartimos desde hace generaciones.

Entonces, ¿qué cambió?

En mi caso, la explicación tiene nombre y apellido: buena parte del periodismo deportivo argentino.

Hay un estilo de relato y comentario que ha ido desplazando al periodismo para transformarlo en un espectáculo de egos, exageraciones y nacionalismo exacerbado. Un estilo que no informa: sobreactúa. Que no analiza: pontifica. Que no acompaña al partido: muchas veces lo convierte en un ejercicio permanente de autobombo.

Y si tuviera que otorgar un título simbólico, diría que el presidente honorario de ese club de periodistas deportivos infumables es Gustavo Kuffner el relator de Directv. Me resulta insoportable. Cada transmisión parece girar más alrededor de su personaje que del propio partido. Los comentarios de Sergio Goycochea y Martín Palermo, aunque diferentes en las formas, suelen seguirle el juego y aportan bastante poco desde el punto de vista del análisis.

En la vicepresidencia de ese imaginario ranking ubicaría, sin demasiadas dudas, al Toti Pasman, cuya forma de comunicar privilegia la soberbia, la fanfarronería y, muchas veces, la ordinariez por encima del contenido. Una de las pocas veces que le dí la razón a Maradona fuera de la cancha, fue cuando le dijo en la cara lo que le dijo...

Naturalmente, sería injusto extender esta crítica a todo el periodismo deportivo argentino. Allí trabajan profesionales excelentes, algunos de ellos verdaderos referentes para toda América Latina. El problema es que quienes más visibilidad tienen suelen ser precisamente los que terminan alimentando esa imagen estridente, exagerada y muchas veces soberbia que termina cansando incluso a quienes siempre miramos a la Argentina con afecto.

Quizás por eso esta vez no pude sentir la simpatía espontánea de otras ocasiones. Por la sencilla razón de pensar "uff!, si ganan ¿quién los banca?".

Pero una cosa no tiene absolutamente nada que ver con la otra.

Porque, más allá de lo que puedan decir o hacer algunos periodistas deportivos, esta Selección de Argentina juega como juegan los grandes equipos de la historia. Con personalidad, con autoridad, con fútbol y con un convencimiento admirable. Ha sabido sostener en el tiempo el nivel que la llevó a ser campeona del mundo y vuelve a demostrar que está, otra vez, entre las mejores selecciones del planeta. Y tienen un entrenador que es la viva imagen de la buena gente.

Si finalmente levanta una nueva copa, no será por casualidad ni por ayuda de nadie. Será, sencillamente, porque se la habrá ganado en la cancha.

Y yo, aunque esta vez no haya sentido el impulso de simpatizar por Argentina como en otras oportunidades, no tendría ningún problema en reconocer que ese logro sería absolutamente merecido, aún contra España, pues de Madre Patria, poco y nada, a excepción de Madrid.

Porque una cosa es el ruido que generan algunos micrófonos. Y otra, muy distinta, lo que hacen once futbolistas cuando empieza a rodar la pelota.

Esa es, para mí, la eterna confusión con lo argentino.

Portal de América

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