Y llegamos a El Chalten
Jueves, 04 Marzo 2021 10:46

Y llegamos a El Chalten

“…Cerro, cerro de mi Patagonia,
no sabes, chaltén, cuánto te amo,
cuando se desploma la nevada
y cantan los vientos en tus grietas, en el idioma puro de mi raza. Aoniquen chaltén, aoniquen chaltén.
Madre roca, padre cielo, el Dios que adoró el tehuelche pintó el lucero, y yo que vivo en tu falda gastando tiempos
te canto vadeando el río de los recuerdos…”
Chalten. Canción de Hugo Giménez Agüero. Versión Facundo Saravia y Camila Cafrune (Versión en YouTube al final de la nota)

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por Luis Alejandro Rizzi, desde Buenos Aires (Una Argentina que se va desvertebrando, sumida en la incultura de un gobierno que hace virtud de la amoralidad y de la cursilería y pecado de la verdad y la coherencia)

“…Una joven villa turística en la Patagonia, al pie del inconfundible cerro Chaltén ó Fitz Roy. Es conocida mundialmente como la Capital Argentina del Trekking por sus múltiples opciones para realizar deportes de montaña en un escenario natural sin igual.”

Esta introducción se puede leer en la página web de “El Chalten” y desde ya anticipa que se trata de uno de esos destinos turísticos, que denomino “nicho” porque está focalizado para un segmento especial que los “marquetineros” llaman “turismo joven”.

Es cierto, “el trekking” como principio es una actividad para cierto tipo de personas con un sentido cabal de la aventura y de la vocación por encontrar rutas donde no las hay y una sensibilidad y amor especial por la naturaleza.

Es común divisar grupos de mochileros que cargan su macuto que tiene lo esencial para un momento de su vida como si fueran soldados del ocio y del turismo.

El “mochilero” es una suerte de miliciano de la vida natural, debe estar atento a las travesuras de la naturaleza y a los límites de su propio cuerpo, y como diría Perez Reverte los pitones de “El chalten” son sus objetivos.

En algún momento de mi vida recorrí parte del sur argentino y de Chile con mis primos Ruben y Elda, con mi macuto y fieles caballos, ya lo conté en una nota anterior, y hoy me queda esa sentida nostalgia que le pone marco a cada recuerdo.

Todo recuerdo es nostalgioso.

Llegamos a El Chalten desde El Calafate, el sábado 27 de febrero, luego de viajar durante dos horas y media a bordo del Nissan March de Hertz, son alrededor de 230 Km, de caminos de largas rectas y de largos tramos sinuosos, la belleza trágica de la estepa alterna con la belleza inenarrable de algunos paisajes que hacen que ese trayecto sea un paseo.

Paramos en La leona, una suerte de refugio perdido a mitad de camino sobre la ruta 40 a la margen derecha, yendo hacia El Chalten del río “La leona”. Allí saboreamos un café de “filtro” como se hacía antaño y un rico sándwich a un precio muy razonable, creo que pagamos con mi mujer $ 450,00.

Llegamos a nuestro destino a eso de las 11:30 y nos sorprendió al ingresar a lo que sería el “pueblo” propiamente dicho el registro obligatorio de nuestras identidades, trámite que se repitió a la salida.

Según nos dijeron los muy atentos policías encargados de esa función, ese control tenia fines estadísticos y que más o menos ingresaban y salían del pueblo unas 500 personas por días, siendo más o menos la mitad los que visitaban ese destino “por el día”.

El pueblo tiene un cierto y raro “halo” que, al revés de aquella película de Woody Allen, “Rosa purpura de El Cairo”, en vez de salir el personaje de la película hacia la gente, es como si uno se metiera en esa fantasía, que sería El Chalten.

Es como sentirse parte de un cuento, o de esos sueños que se confunden con la vigilia.

Salvando las distancias es quizás el mismo tipo de sensación que he sentido cada vez que he visitado Salzburgo, en Austria.

Visitamos El chorrillo del salto, una cascada que debe tener unos 25 metros de altura y lleva ese nombre porque marca el fin del rio homónimo, luego continúa como un transparente arroyo y la gente recoge el agua para beber y algunos la guardan en termos para matear al regreso.

Se llega a la cascada por un sendero, que demanda unos quince minutos de caminata entre árboles, arbustos y algunos raros pájaros que se cruzaron en nuestro camino.

Siguiendo por la ruta, creo que es la 41 de ripio, que lleva a la cascada se llega al Lago del Desierto que dista unos 30 Km del pueblo. Este recorrido se puede hacer en el día.

Una curiosidad, en el pueblo no hay ninguna estación de servicio. Solo se puede cargar un tipo de nafta, solo la “super” en un módulo de YPF que funciona entre las ocho de la mañana y las siete de la tarde. Se debe pagar en efectivo y no hay “serviclub” que valga. El módulo está a unos 1500 metros previo al ingreso.

Regresamos a El Calafate justo para participar de la misa a las ocho de la noche, las otras dos misas son los domingos a las 11.00 y 20.00 horas. No hay misa durante los días hábiles.

Luego cenamos sobre la Av. del Libertador en “Comidas Argentinas” que ofrece un menú de platos clásicos tales como carbonada, del Norte, pastel de papas mendocino, no podía faltar la cazuela de cordero, fue nuestra elección, un plato exquisito que por suerte compartimos y pastas caseras. Muy buena selección de postres, optamos por el Crumble de manzana tibia con helado. Otra delicia. Elegimos un vino mendocino, malbec y gastamos en total $ 3800,00 (u$s 42,00 o 27,00 según el tipo de cambio oficial o “libre”).

En el hotel brindamos con Claudia, mi mujer, por nuestro viaje y por nuestras crónicas que nuestros lectores están leyendo en el PDA.

En abril les contaremos sobre nuestro viaje por la zona de Cuyo y “La rioja”, ese será con nuestro 408.

Portal de América

Comentarios  

Hermosa Nota. Sugiero, como lo hice yo, leerla escuchando como fondo la canción Chalten proporcionada al final de la nota. Me resultó una combinación emocionante la música y las imágenes que logra trasmitir Luis en su relato.

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