Una nueva... Nueva York
Jueves, 30 Junio 2011

Una nueva... Nueva York

Lo que cambió y lo que sigue igual en las calles de la Gran Manzana, según la óptica de un visitante reincidente. Si bien siempre he dicho que Manhattan es la única isla del mundo donde viví y viviría si no pudiera vivir en mi Buenos Aires querido, eso no me impide criticar muchas cosas de ambas ciudades.


por Albino Gómez

El caso es que la primera vez que me establecí fuera del país por razones laborales, el hecho tuvo lugar en Manhattan a fines de la década del 50, y esa ciudad me deslumbró.

Entonces, la población de argentinos en todo el estado de Nueva York se calculaba en unos setenta mil, y hoy dicha cantidad sigue siendo más o menos la misma, aunque en el Consulado no se haya registrado nunca ni un 15% de tal cantidad. De todos modos, hoy, entre asiáticos, latinoamericanos y afroamericanos, creo que podríamos tener más de un 50% de la población total del estado neoyorquino, completado el resto por un alto número de descendientes de italianos, españoles, irlandeses y, finalmente, nos quedan los Wasp ( White, A nglo Saxon, Protestants), que se van transformando en una selecta minoría.

También estoy seguro de que debe haber muchos argentinos dedicados silenciosamente a importantes tareas en medicina, biología, química, arquitectura o actividades artísticas. Pero sólo escuchamos hablar de Paloma Herrera. En cambio, en los sesenta circulaban notoriamente argentinos como Astor Piazzolla, Marcelo Bonevardi y Omar del Carlo, ganador con Juan José Castro de un concurso internacional de ópera del cual fue jurado Igor Stravinski, con la obra Proserpina y el extranjero. También se veía, entre otros, al querido Mono Villegas, a Sergio Mihanovich, Yuyo Noé, Fernando Maza, a la bailarina Ana Itelman, o al periodista Horacio Estol, que conocía como nadie Manhattan.

Tráfico difícil

Debo haber visitado Nueva York más de veinte veces, pero tanto el año último como éste he notado que, aunque mantiene cosas sorprendentes y maravillosas, viene perdiendo cierta calidad de vida, más notoria en sus calles que en las grandes tiendas y restaurantes, donde el trato es siempre muy profesional, cortés y eficiente. Pero veamos algunos problemas.

Por ejemplo, el tráfico, que si bien nunca fue demasiado fluido, se ha puesto peor que el nuestro -lo cual es mucho decir- aun respetándose todavía allá semáforos y la integridad física del peatón. Las veredas siguen siendo anchas aunque en casi todas hay obstrucciones, que si bien permiten el tránsito de los peatones por pasos creados ad hoc invaden incluso el asfalto, pero todo eso no responde a ninguna irracionalidad, sino a grandes reformas en los edificios, a las debidas necesidades de su mantenimiento o a reparaciones de los diversos servicios de provisión de energía eléctrica, agua, comunicaciones o de los sistemas de frío o calor.

Vale decir que los peatones pueden seguir arreglándoselas, pero en cambio los autos, además de perder espacios, sufren unos barquinazos increíbles porque los baches, atribuidos siempre a las últimas nevadas, son más grandes y profundos que los nuestros.

De paso, y ya que hablamos de autos, digamos con referencia a los actuales y multinacionales choferes de taxi, que hablan en su gran mayoría idiomas de origen propios no identificables y muy mal inglés, que nos hacen difícil una normal comunicación con ellos. Tanto es así que cuando damos direcciones debemos hacerlo trabajosamente, y casi lo mejor o más aconsejable es entregarles la dirección de destino, escrita en un papel.

A todo esto debemos agregar que los sábados, siempre muy dedicados a las compras, se establecen en distintos puntos neurálgicos de la ciudad, ferias que bloquean totalmente el tránsito en importantes avenidas, lo que crea largas situaciones de una inmovilidad vehicular realmente exasperante.

Adiós CD

Otro tema muy particular es que año tras año notamos en la mayoría de los restaurantes, fundamentalmente después de las 18, no tanto al mediodía, un ruido tremendo provocado por la altísima forma de hablar y de reírse de sus clientes -tal vez estimulados por los tragos, sin los pacificadores cigarrillos, ya totalmente prohibidos- que hacen imposible que podamos escuchar a nuestros acompañantes, salvo a quien esté sentado a nuestro lado y bien cerca.

Otro hecho que percibimos y sentimos como una gran carencia, sobre todo quienes no somos jóvenes, es la desaparición prácticamente total de las grandes casas que vendían CD y DVD, porque dejaron de ser un negocio rentable frente a las diversas formas de bajar música y películas por los nuevos medios tecnológicos. Quedan sí pequeñas bateas en las sucursales de Barnes and Noble, y una sola gran casa todavía en la calle Park Row, que se llama JR. Por nuestra parte, esperamos que tales avances tecnológicos no terminen haciendo desaparecer también las librerías.

Claro está que muchos barrios han mejorado notablemente en Manhattan y Brooklyn, y que los museos siguen siendo de una total excelencia, como estupenda la actividad teatral y todo lo relativo a la música, ya sea en Broadway, en el Carnegie Hall, en el Lincoln Center, en Blue Note o en el Village Vanguard, donde pudimos escuchar con deleite y asombro, liderado por los argentinos Guillermo Klein y Richard Nant, un conjunto excepcional de músicos haciendo jazz con temas de Astor Piazzolla, Alberto Ginastera y hasta Los mareados, de Juan Carlos Cobián. Finalmente, hecho el balance, sigue siendo Manhattan mi isla preferida y única en la que podría vivir fuera de Buenos Aires.

Portal de América - Fuente: www.lanacion.com.ar - Foto: Daniel Flores

 

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