por Magda Bigas, La Vanguardia ESPECIAL PARA CLARIN
Croacia se ha convertido en estos últimos años en un destino turístico en alza, sobre todo entre aquellos que buscan disfrutar del sol, la playa y las aguas cristalinas. La costa Dálmata, bañada por el mar Adriático, resulta un reclamo tentador en una zona que hasta hace un par de décadas apenas figuraba en el mapa turístico europeo. Sin embargo, cada vez son más los que aterrizan en Zagreb, su capital, y la convierten en el punto de partida desde donde descubrir el resto de este interesante país.
Zagreb es, sin dudas, una de las grandes desconocidas de Europa. Tal vez por ello quienes la visitan suelen sorprenderse con el encanto de una ciudad que conserva la influencia de la húngara Budapest y de Viena, en Austria, –no en vano es conocida como la “pequeña Viena”–. Con ambas ciudades ha mantenido relación durante siglos.
Ciudad romántica si las hay, Zagreb invita a ser visitada sin seguir un plan establecido, dejándose llevar por sus callejuelas, descubriendo rincones, paisajes, monumentos, olores y sabores. Por ello, nos limitaremos a dar cuatro pinceladas de la ciudad; el resto corre a cargo del viajero.
Dinámica y juvenil
Zagreb tiene alrededor de 800 mil habitantes y está situada entre el monte Medvednica y el río Sava; su historia se remonta a los tiempos de la Edad Media. La huella de su pasado se mantiene muy presente en los callejones que cautivan a quienes recorren la Ciudad Alta –una zona que conserva el aroma de antaño– y también en los palacios modernistas y las elegantes edificaciones de la Ciudad Baja. Juntas forman dos ciudades en una sola.
Aunque es ideal visitar Zagreb a pie –su tamaño lo permite perfectamente–, existe una destacada red de tranvías que se remonta al siglo XIX y que hace posible desplazarse a cualquier punto de la ciudad sin inconvenientes.
Es habitual iniciar el recorrido en la zona de la Ciudad Baja (para los croatas, Donji Grad), la parte más moderna y dinámica de la capital. Allí se hallan la mayor parte de las construcciones del período de transición de los siglos XIX y XX. Por ejemplo, majestuosas edificaciones, monumentos, parques, algunos museos y elegantes comercios –como los de la calle Llica, la más famosa de la ciudad–, además de algunas zonas de negocios.
Se destacan en esta área la estación de tren, cuya fachada sorprende por su belleza, el Pabellón Artístico de la ciudad (un prominente museo con pinturas de los mejores artistas locales de los siglos XIX y XX) o la Universidad de Zagreb que, creada en el siglo XVII, es la más antigua del sudeste de Europa. Tampoco podemos olvidar el Hotel Regent Esplanade, uno de los más lujosos de la capital croata. Fue construido en 1925 para ofrecer alojamiento a los pasajeros que viajaban en el célebre Orient Express, quienes se trasladaban desde París hasta Estambul.
En esta visita no podemos perdernos uno de los puntos más emblemáticos de la Ciudad Baja: el mercado central, conocido como mercado de Dolac. A pesar de ser recorrido a diario por turistas de todo el mundo, conserva su esencia y carácter más tradicional. La plaza y el entramado de pequeñas calles que lo forman, así como sus coloridas sombrillas rojas, ofrecen una imagen singular. Si camina por los alrededores del mercado encontrará un buen sitio para descansar y tomar un café, algo que en Zagreb suele hacerse con asiduidad.
Un viaje en funicular
La mayor parte de las atracciones de la capital croata se concentran en la Ciudad Alta (Gornji Grad), donde la historia surge en cada rincón. Callejeando podemos acceder de una parte a otra de la ciudad a través de la Puerta de Piedra (en croata, kamenita vrata), el único paso medieval que se conserva de los cuatro que tenía la muralla de la urbe y que logró salvarse de un gran fuego que hubo en la ciudad a principios del siglo XVIII.
Aquellos que deseen saborear algo auténtico pueden subir a la Ciudad Alta en el viejo funicular de Uspinjaca, construido en 1891 como un medio innovador. En él, el viajero recorre los escasos 60 metros que separan ambas partes de la ciudad como si de un viaje en el tiempo se tratara, para adentrarse en un barrio de calles empedradas, aire medieval, atractivo y con carácter.
En la zona antigua el tiempo se detiene, ocasión perfecta para saborear una segunda taza de café. En esta oportunidad, con crema y en un local con encanto –por qué no, el café Zabica, que tiene más de 150 años de historia–. Así recuperamos fuerzas para reiniciar el paseo y visitar, por ejemplo, la iglesia de San Marcos, del siglo XIII, cuyo tejado luce vivos colores con los que se representan los escudos de armas de Zagreb.
No podemos perdernos tampoco conocer la catedral de la ciudad, dedicada a la Ascensión de la Virgen, a San Esteban y San Ladislao. Situada en el barrio de Kapto, sus torres se ven desde casi todos los rincones de la ciudad. Después, continuamos el paseo por las calles Racdicev, que alberga las mejores galerías de arte del país, y Tkalciceva, la más animada de la ciudad, con terrazas, restaurantes, tiendas de antigüedades y establecimientos de jóvenes artistas.
Toda urbe tiene sus peculiaridades, y no podemos irnos de Zagreb sin visitar el cementerio de Mirogoj, un espectacular espacio diseñado por el arquitecto Herman Bollé, considerado uno de los camposantos más hermosos de Europa. Se trata de una composición formada por una fila de arcadas neorrenacentistas de casi 500 metros, y 20 cúpulas convertidas en una verdadera galería con obras de arte de artistas de todas las disciplinas. Mirogoj, que recibe turistas de todo el mundo, es un parque delicioso, en el que locales y extranjeros disfrutan a diario de la naturaleza.
Como se ve, sobran los motivos para decidirse a pasar unos días en la capital croata.
Portal de América - fuente: www.clarin.com

