Hoy hace 38 años nació un diario imprescindible: La República
No seamos idiotas
Por Federico Fasano Mertens
Hoy es para mí, un día de nostalgia, orgullo y un poquito de tristeza. Hoy 3 de mayo de 2026 hace exactamente 38 años, salía de una añeja rotativa que me había acompañado en la edición de aquellos memorables diarios sesentistas, un nuevo instrumento informativo, que bajo las banderas del diario plural y la convicción de que la verdad es el resultado que surge de la oposición de ideas, se propuso utópicamente, con escasos recursos, debilitar la hegemonía mediática desinformadora, buscando aproximarse a la emancipación noticiosa. Con sus sorpresivas investigaciones, primicias, tapas removedoras y una escritura tersa y contextualizadora, modificó una hegemonía cerrada a cal y canto a noticias e ideas que no eran del agrado de los grandes medios de la dominación. La llegada de La República los obligó a modificar en algo sus cerradas políticas editoriales, para poder competir en el territorio del nuevo periodismo plural. La República, con su cantera de periodistas de nuevo tipo contribuyó a esa modificación del escenario mediático. Todo ello justifica mi nostalgia y orgullo al recordar ese nacimiento de hace 38 años. Pero un dejo de tristeza también me aborda al comprobar que, tras 25 años bajo mi timón, La República no pudo sobrevivir, ante la incapacidad de la izquierda de construir poder y privilegiar la comunicación emancipadora. Lo triste del caso es que La República no supo o no la dejaron, construir herederos. Hoy comprobamos con desilusión, que no existe más ese periodismo removedor, impactante, sorpresivo, que construía todos los días la agenda de la jornada y la movilizaba con tesón e intensidad.
Esa tristeza fue limitada hoy por una gratificación proveniente de la Inteligencia Artificial, a quien le pedí que me diera los nombres de todos los diarios que en el mundo habían sido fundados un 3 de mayo. La Inteligencia Artificial me respondió que, en toda la historia de los diarios en el mundo, el único diario de los millones de diarios que existieron, que nació un 3 de mayo, fue el diario La República de Montevideo, Uruguay. El único en todo el mundo. Y lo hizo el 3 de mayo de 1988, cinco años antes, cuando el 3 de mayo de 1993, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, declaró los días 3 de mayo de cada año, Día Mundial de la Libertad de Prensa. Día en que, inadvertidamente, los dioses del Olimpo, premiaron azarosamente a La República con ese sorpresivo galardón que se merece.
Fue una broma del destino, una guiñada de los dioses pero bromas aparte, bien viene un masajito al alma, ejecutado por la diosa fortuna, ante tanta nostalgia y tristeza al comprobar que nada quedó del periodismo fermental de aquel nacimiento.
Vaya este recuerdo imborrable en este día de la nostalgia por un periodismo que ya no existe.
Qué hubiera hecho La República si existiera hoy en un Uruguay gobernado por la izquierda, cuyos militantes observan perplejos acontecimientos que les laceran el alma, se desmovilizan, abandonan la inmensa tarea que les compete, y con la voluntad herida emprenden una deshonrosa retirada. La República de antaño, portadora del objetivo estratégico de organizador de la rebeldía popular, del disenso contestatario, volvería a asumirlo. Organizar la protesta, exigir la transformación, multiplicar la participación y el interés político, ajeno a toda deserción
Si existiera hoy La República, titularía sin titubeos en nuestro antaño estilo: “No seas Idiota!!”
Hay palabras que el tiempo deforma hasta vaciarlas. “Idiota” es una de ellas. Hoy se usa como insulto, como descalificación ligera, como sinónimo de torpeza. Pero en la Grecia clásica —en esa Atenas que inventó la democracia— el término tenía un sentido mucho más preciso y, sobre todo, mucho más inquietante. El idiōtēs era el ciudadano que no participaba en la vida pública, el que se refugiaba en sus asuntos privados, el que se desentendía de la polis, el que dejaba las decisiones en manos de otros. No era un ignorante. Era algo peor: un indiferente.
Para los griegos, la política no era una opción. Era una obligación. La democracia no se concebía como un sistema delegativo, sino como una práctica activa, cotidiana, exigente. Quien se desentendía, quien no intervenía, quien no tomaba posición, no era neutral: estaba renunciando a su condición de ciudadano. Como recordaría siglos después Aristóteles, el ser humano es un animal político, un zoon politikon. No porque milite, sino porque vive en comunidad, porque sus decisiones —o su ausencia— afectan a otros. El idiota, en ese sentido original, es el que rompe ese vínculo, el que corta ese hilo invisible que une lo individual con lo colectivo.
No es casual —aunque pueda parecerlo— que un 3 de mayo se recuerde en el mundo el valor del periodismo, fecha instituida por la Organización de las Naciones Unidas cinco años después del nacimiento un día 3 de mayo del diario La República. Tal vez sea una coincidencia. O tal vez no. Porque en esencia, el periodismo —cuando es tal— no es otra cosa que una forma de combatir la idiotez: de interpelar al que no quiere ver, de incomodar al que prefiere no saber, de obligar a pensar al que ha decidido no hacerlo.
La República nació en ese cruce incómodo entre información y compromiso. No como un diario para registrar lo que pasa, sino como una herramienta para intervenir en lo que pasa. No para describir la realidad, sino para discutirla. No para acompañar la indiferencia, sino para enfrentarla. Fue, desde su origen, una respuesta a esa figura silenciosa pero poderosa: el idiota que se retira, que no participa, que deja que otros decidan.
Porque un diario, cuando renuncia a esa función, se convierte en otra cosa: en entretenimiento, en repetición, en ruido. Y cuando la prensa se vacía, la democracia la sigue. Porque un diario para mí, es la artillería del pensamiento.
Hoy el idiota no se reconoce como tal. Se presenta como “apolítico”, como alguien que “no se mete”, como quien cree que mantenerse al margen lo coloca por encima del conflicto o como alguien que huye de la confrontación. Pero no hay tal margen. Como advirtió Antonio Gramsci, la indiferencia es el peso muerto de la historia. El que no participa no está fuera del sistema: lo está sosteniendo. Porque toda decisión que no se toma, alguien la toma. Toda ausencia deja un lugar que otro ocupa.
El idiota contemporáneo no genera vacío: genera espacio para otros. Cuando amplios sectores de la sociedad se retiran de la discusión pública, cuando la política se convierte en algo ajeno, cuando se delega sin control ni interés, el poder no desaparece. Se concentra. Y entonces ocurre lo que la historia ha demostrado una y otra vez: las decisiones dejan de responder al conjunto y pasan a responder a minorías organizadas. El idiota no es inocente. Es funcional.
Por eso, durante décadas, La República no fue simplemente un diario. Fue una posición. Una forma de entender el periodismo como acto político —en el sentido más profundo de la palabra—, como herramienta de participación, como antídoto contra la indiferencia. Podrá gustar más o menos, podrá discutirse su línea, pero lo que nunca hizo fue fingir neutralidad. Y en tiempos donde la neutralidad suele ser una coartada, eso ya es una definición.
Porque la apatía no es neutral. Es una forma de ideología, aunque no se la nombre. Es la ideología de la comodidad, del “que lo arreglen otros”, de la renuncia silenciosa. Pero como decía Bertolt Brecht, el peor analfabeto es el analfabeto político. No porque no entienda, sino porque decide no entender. Porque elige no involucrarse en aquello que, inevitablemente, lo afecta.
Una democracia sin participación no desaparece de golpe. Se vacía lentamente. Se transforma en procedimiento sin contenido, en votación sin compromiso, en representación sin control. Y en ese proceso, el idiota se multiplica. No por incapacidad, sino por elección.
Tal vez el problema no sea la falta de inteligencia. Tal vez el problema sea la renuncia. La renuncia a opinar, a informarse, a involucrarse, a militar, a hacerse cargo de lo que es, por definición, de todos. Porque cuando la política se abandona, otros la ocupan. Y entonces ya no se trata de lo que pasa, sino de quién decide lo que pasa.
Y en esa encrucijada —la misma que hace 38 años dio origen a un diario que eligió no callar— la advertencia sigue vigente, intacta, necesaria:
En esta coyuntura tan extraña que estamos viviendo la consigna debe ser participar.
Participemos, participemos, participemos. No seamos idiotas.
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