No seamos idiotas
Viernes, 08 Mayo 2026

No seamos idiotas

Llegó en esta jornada a nuestra mesa de trabajo (y lo compartimos), un artículo firmado por Federico Fasano Mertens, fechado el pasado 3 de mayo, día en el que se cumplieron 38 años del nacimiento del diario La República. Más allá de todas las consideraciones que se puedan hacer acerca de la singular historia  del referido medio de comunicación, se trata nada menos que de uno de los periódicos en los que trabajamos (los otros dos fueron El Día y La Mañana). Eran épocas en las que transitábamos por la primera década de nuestro carrera en el periodismo y llegamos allí de la mano del inolvidable Roberto García Fiorito, que fue quien le propuso a Fasano que nos confiara el suplemento de turismo que bautizamos "Cicerone". Nos parece que fue ayer que nos vimos sentados ante el escritorio del polémico fundador del matutino y siguen resonando en nuestros oídos sus palabras: "Mientras sus artículos vayan firmados por usted, siéntase con la más absoluta libertad de escribir lo que quiera". Y aunque haya transcurrido tanto tiempo, hay tres recuerdos grabados de ese tiempo. El primero, cuando Eric Clapton para venir a Montevideo exigió alojarse en un hotel 5 estrellas y nosotros escribimos "¿y a este quien lo conoce?". Sin ironía, somos tan incultos en lo musical que lo dijimos en serio...Antes de la final de Italia 90, en la tapa del suplemento escribimos que no teniendo nada en común con los alemanes, queríamos que Argentina fuera el campeón...Por entonces participábamos de un programa en Radio Imparcial, nunca recibimos tantas llamadas y tantas puteadas como ese día...Por último, para situarnos en la época basta decir que íbamos a redacción con una Olivetti portátil...y un día tuvimos que salir apurados y nos olvidamos de llevarla. Llamamos desde casa para avisar, para que nos la guardaran, y nos dijeron que no veían ninguna Olivetti verde. Yo tampoco la ví más. Por eso lo del principio, más allá de la singular historia, ese período nos dejó marcados, respiramos el aire de una verdadera redacción; conocimos a los unos y a los otros, a excelentes plumas y gente, y a los demás, entre quienes seguramente estaba el que se quedó con la Olivetti. Gracias Federico por la oportunidad, mi abrazo en la memoria a García Fiorito y en el presente, a dos compinches de esa época, Diego Porcile y Alfredo Montiel.   Sergio Antonio Herrera

 

Hoy hace 38 años nació un diario imprescindible: La República
No seamos idiotas

Por Federico Fasano Mertens


Hoy es para mí, un día de nostalgia, orgullo y un poquito de tristeza. Hoy 3 de mayo de 2026 hace exactamente 38 años, salía de una añeja rotativa que me había acompañado en la edición de aquellos memorables diarios sesentistas, un nuevo instrumento informativo, que bajo las banderas del diario plural y la convicción de que la verdad es el resultado que surge de la oposición de ideas, se propuso utópicamente, con escasos recursos, debilitar la hegemonía mediática desinformadora, buscando aproximarse a la emancipación noticiosa. Con sus sorpresivas investigaciones, primicias, tapas removedoras y una escritura tersa y contextualizadora, modificó una hegemonía cerrada a cal y canto a noticias e ideas que no eran del   agrado de los grandes medios de la dominación.    La llegada de La República los obligó a modificar en algo sus cerradas políticas editoriales, para poder competir en el territorio del nuevo periodismo plural.  La República, con su cantera de periodistas de nuevo tipo contribuyó a esa modificación del escenario mediático.  Todo ello justifica mi nostalgia y orgullo al recordar ese nacimiento de hace 38 años.  Pero un dejo de tristeza también me aborda al comprobar que, tras 25 años bajo mi timón, La República no pudo sobrevivir, ante la incapacidad de la izquierda de construir poder y privilegiar la comunicación emancipadora. Lo triste del caso es que La República no supo o no la dejaron, construir herederos. Hoy comprobamos con desilusión, que no existe más ese periodismo removedor, impactante, sorpresivo, que construía todos los días la agenda de la jornada y la movilizaba con tesón e intensidad.  
Esa tristeza fue limitada hoy por una gratificación proveniente de la Inteligencia Artificial, a quien le pedí que me diera los nombres de todos los diarios que en el mundo habían sido fundados un 3 de mayo. La Inteligencia Artificial me respondió que, en toda la historia de los diarios en el mundo, el único diario de los millones de diarios que existieron, que nació un 3 de mayo, fue el diario La República de Montevideo, Uruguay.  El único en todo el mundo.  Y lo hizo el 3 de mayo de 1988, cinco años antes, cuando el 3 de mayo de 1993, la Organización de las Naciones Unidas, ONU, declaró los días 3 de mayo de cada año, Día Mundial de la Libertad de Prensa.  Día en que, inadvertidamente, los dioses del Olimpo, premiaron azarosamente a La República con ese sorpresivo galardón que se merece.
Fue una broma del destino, una guiñada de los dioses pero bromas aparte, bien viene un masajito al alma, ejecutado por la diosa fortuna, ante tanta nostalgia y tristeza al comprobar que nada quedó del periodismo fermental de aquel nacimiento. 
Vaya este recuerdo imborrable en este día de la nostalgia por un periodismo que ya no existe.
Qué hubiera hecho La República si existiera hoy en un Uruguay gobernado por la izquierda, cuyos militantes observan perplejos acontecimientos que les laceran el alma, se desmovilizan, abandonan la inmensa tarea que les compete, y con la voluntad herida emprenden una deshonrosa   retirada.  La República de antaño, portadora del objetivo estratégico de organizador de la rebeldía popular, del disenso contestatario, volvería a asumirlo.  Organizar la protesta, exigir la transformación, multiplicar la participación y el interés político, ajeno a toda deserción 
Si existiera hoy La República, titularía sin titubeos en nuestro antaño estilo: “No seas Idiota!!”
Hay palabras que el tiempo deforma hasta vaciarlas. “Idiota” es una de ellas. Hoy se usa como insulto, como descalificación ligera, como sinónimo de torpeza. Pero en la Grecia clásica —en esa Atenas que inventó la democracia— el término tenía un sentido mucho más preciso y, sobre todo, mucho más inquietante. El idiōtēs era el ciudadano que no participaba en la vida pública, el que se refugiaba en sus asuntos privados, el que se desentendía de la polis, el que dejaba las decisiones en manos de otros. No era un ignorante. Era algo peor: un indiferente.
Para los griegos, la política no era una opción. Era una obligación. La democracia no se concebía como un sistema delegativo, sino como una práctica activa, cotidiana, exigente. Quien se desentendía, quien no intervenía, quien no tomaba posición, no era neutral: estaba renunciando a su condición de ciudadano. Como recordaría siglos después Aristóteles, el ser humano es un animal político, un zoon politikon.  No porque milite, sino porque vive en comunidad, porque sus decisiones —o su ausencia— afectan a otros. El idiota, en ese sentido original, es el que rompe ese vínculo, el que corta ese hilo invisible que une lo individual con lo colectivo.
No es casual —aunque pueda parecerlo— que un 3 de mayo se recuerde en el mundo el valor del periodismo, fecha instituida por la Organización de las Naciones Unidas cinco años después del nacimiento un día 3 de mayo del diario La República. Tal vez sea una coincidencia. O tal vez no. Porque en esencia, el periodismo —cuando es tal— no es otra cosa que una forma de combatir la idiotez: de interpelar al que no quiere ver, de incomodar al que prefiere no saber, de obligar a pensar al que ha decidido no hacerlo.
La República nació en ese cruce incómodo entre información y compromiso. No como un diario para registrar lo que pasa, sino como una herramienta para intervenir en lo que pasa. No para describir la realidad, sino para discutirla. No para acompañar la indiferencia, sino para enfrentarla. Fue, desde su origen, una respuesta a esa figura silenciosa pero poderosa: el idiota que se retira, que no participa, que deja que otros decidan.
Porque un diario, cuando renuncia a esa función, se convierte en otra cosa: en entretenimiento, en repetición, en ruido. Y cuando la prensa se vacía, la democracia la sigue.  Porque un diario para mí, es la artillería del pensamiento.
Hoy el idiota no se reconoce como tal. Se presenta como “apolítico”, como alguien que “no se mete”, como quien cree que mantenerse al margen lo coloca por encima del conflicto o como alguien que huye de la confrontación. Pero no hay tal margen. Como advirtió Antonio Gramsci, la indiferencia es el peso muerto de la historia. El que no participa no está fuera del sistema: lo está sosteniendo. Porque toda decisión que no se toma, alguien la toma. Toda ausencia deja un lugar que otro ocupa.
El idiota contemporáneo no genera vacío: genera espacio para otros. Cuando amplios sectores de la sociedad se retiran de la discusión pública, cuando la política se convierte en algo ajeno, cuando se delega sin control ni interés, el poder no desaparece. Se concentra. Y entonces ocurre lo que la historia ha demostrado una y otra vez: las decisiones dejan de responder al conjunto y pasan a responder a minorías organizadas. El idiota no es inocente. Es funcional.
Por eso, durante décadas, La República no fue simplemente un diario. Fue una posición. Una forma de entender el periodismo como acto político —en el sentido más profundo de la palabra—, como herramienta de participación, como antídoto contra la indiferencia. Podrá gustar más o menos, podrá discutirse su línea, pero lo que nunca hizo fue fingir neutralidad. Y en tiempos donde la neutralidad suele ser una coartada, eso ya es una definición.
Porque la apatía no es neutral. Es una forma de ideología, aunque no se la nombre. Es la ideología de la comodidad, del “que lo arreglen otros”, de la renuncia silenciosa. Pero como decía Bertolt Brecht, el peor analfabeto es el analfabeto político. No porque no entienda, sino porque decide no entender. Porque elige no involucrarse en aquello que, inevitablemente, lo afecta.
Una democracia sin participación no desaparece de golpe. Se vacía lentamente. Se transforma en procedimiento sin contenido, en votación sin compromiso, en representación sin control. Y en ese proceso, el idiota se multiplica. No por incapacidad, sino por elección.
Tal vez el problema no sea la falta de inteligencia. Tal vez el problema sea la renuncia. La renuncia a opinar, a informarse, a involucrarse, a militar, a hacerse cargo de lo que es, por definición, de todos. Porque cuando la política se abandona, otros la ocupan. Y entonces ya no se trata de lo que pasa, sino de quién decide lo que pasa.
Y en esa encrucijada —la misma que hace 38 años dio origen a un diario que eligió no callar— la advertencia sigue vigente, intacta, necesaria:
En esta coyuntura tan extraña que estamos viviendo la consigna debe ser participar.  
Participemos, participemos, participemos.  No seamos idiotas.

Portal de América

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