Pese al gasto, la formación es aún insuficiente en el turismo
Domingo, 20 Abril 2014

Pese al gasto, la formación es aún insuficiente en el turismo
Nunca se había inyectado tanto dinero en mejorar la cualificación de los trabajadores, pero los cambios han sido escasos. En infinidad de casos, la sospecha de corrupción, la falta de aprecio a la formación y la desidia han reducido nuestras posibilidades para competir.



por Jaime Amador/ Preferente.com


Periódicamente, escondidas en rincones de los medios de comunicación, aparecen algunas noticias que afirman que ha habido fraude en algunos cursos de formación de trabajadores en España. Hace poco tiempo se destapó un escándalo en torno a una organización madrileña que falsificaba absolutamente todos los datos, de forma que prácticamente se puede afirmar que jamás impartió un  curso verdadero, aunque cobraba como si fuera Harvard.

Pese al gasto, la formación es aún insuficiente en el turismoInfinidad de comentarios apuntan a que este tipo de prácticas irregulares están extendidas por todo el país. Es una afirmación frecuente señalar que patronales y sindicatos se financian gracias a la formación que no imparten pero que fingen llevar a cabo. Un director general de una autonomía, responsable de formación, me contaba en una ocasión que estaba convencido de que, aparte de familiares y amigos de los promotores, hay tan pocos estudiantes de formación, lo cual no justifica el dineral impresionante que la Unión Europea ha derramado en varios países del sur.

La cuestión es extremadamente grave no solamente porque, si las cosas fueran como se cree ampliamente en ciertos círculos, estaríamos cometiendo una ilegalidad de primer orden, sino porque encima es imprescindible impartir una formación que brilla por su ausencia. En realidad, nuestro tejido empresarial y nuestros trabajadores, con honrosas excepciones, no creen en la necesidad de la formación. Sí, de palabra todo está muy bien, pero aquí en este país la enorme mayoría de las personas aprenden a fuerza de chocar con la realidad.

Recuerdo aún una mañana en la que toda la sala de embarques de un aeropuerto quedó totalmente colapsada porque una aerolínea española decidió poner en marcha un nuevo programa informático de facturación, sin haber impartido ni un minuto de formación previa. Así enfrentamos la realidad, a pecho descubierto. Claro que al final se sale, pero a fuerza de estrellarse contra lo que, con una charla breve, hubiera sido algo sencillo y rápido. Y sobre todo hubiera proporcionado una excelente imagen a los clientes.

Esto es lo que realmente es preocupante: nadie tiene interés en invertir tiempo en aprender lo que después tendrá que aplicar. Y ese desinterés está profundamente arraigado en nuestra cultura, quizás alimentado por los absurdos cursos sobre seguridad e higiene, que sí son estupideces inútiles creadas para atender un requerimiento legal.

Yo también conozco excepciones en este asunto de la formación, pero todos estaremos de acuerdo que lo nuestro es la aventura, es la improvisación, que a nosotros nos va eso de estrellarnos delante de las sartenes o de los ordenadores. Vaya usted a un restaurante y verá cómo el camarero está eternamente en rodaje, aprendiendo lo que nadie antes le enseña; entre en una recepción de hotel y muy frecuentemente se encontrará con que no hay manera de que le expidan la factura o de que se aclaren en cómo introducir los datos. No hace tanto, hice un check-in con una compañía aérea cuya empleada me insistía en que no podría volar a Londres sólo con el DNI porque ese país no está en Europa. Y eso en un aeropuerto con decenas de vuelos diarios a esa ciudad.

Hemos pasado una crisis de una profundidad espectacular que parece que comienza a retroceder. Sin embargo, da la impresión de que no hemos aprendido mucho respecto de los problemas que nos han conducido a tan lamentable situación. Uno de ellos, quizás el menos difundido, quizás el menos valorado, sea la baja formación de amplias capas de trabajadores (y de cargos medios y altos, cómo no). Una formación que no sólo nos habría permitido tener más trabajo, sino que lo que producimos se pueda vender en más países. Incluso les hubiera permitido emigrar a buscar salidas.

No puedo concluir esta crónica sin recordar la situación virtualmente desastrosa que tenemos en materia de formación de idiomas. Lo nuestro es como si tuviéramos una maldición bíblica que dice que nunca seremos capaces de hablar en otra lengua. Esto, por supuesto, no es verdad. Lo que es necesario es que se enseñen idiomas, que los cursos se impartan realmente, pero también que los profesores tengan una formación suficiente para saber trasmitir los conocimientos.

Así, pues, si hoy seguimos teniendo turismo de baja calidad en amplias zonas del país, en parte tiene que ver con la falta de inversiones pero en una medida muy remarcable también tiene que ver con que nunca nos ha interesado la formación, nunca le hemos dado importancia, nunca hemos tenido interés en ella.

Corrupción, desidia, descuido, desprecio: difícilmente vamos a llegar a construir una economía turística próspera si estas palabras siguen asociadas a la formación de los trabajadores. No es necesario pensar en la escuela de Turismo de Lausana, antes bastaría con lo elemental.

Portal de América

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