El sur de Namibia, como todo este país de espectacular luz y paisaje cautivador, es espectral. La vista desde el coche se pierde en un horizonte en el que se observan algunas colinas al fondo. Hay poca vida humana, pero la carretera se convierte en un espectáculo constante de formas y, sobre todo, de tonos cambiantes. Del amarillo al ocre, luego el rojo y finalmente un atardecer que llega a ser violeta. Es un buen comienzo para iniciar una ruta menos turística que les llevará al oeste y al norte, a los inevitables parques de Costa Esqueletos y Ethosa y a las dunas infinitas del desierto del Namib. Es aconsejable alquilar un coche 4x4;Buena parte de las carreteras son de pista pero están en buen estado.
Durante muchos kilómetros no verán ni siquiera una caseta, hasta llegar, de pronto, al segundo cañón más grande del mundo, el Grand Fish River, encajonado entre montañas de roca. La visión es sobrecogedora y las opciones múltiples. Hay largos trekkings o paseos más cortos bajando hasta el río que pueden acabar en un baño en sus inmaculadas aguas (delicioso). Es prácticamente imposible verlos, pero hay algún espécimen de leopardo entre las montañas que pudiera mirarles. Hay eco, calma y luz que se va apagando entre las sombras de la montaña.
Refugio en medio de la nada
Por la noche, el silencio retumba bajo un cielo en el que no caben más estrellas. No se ve ni se oye nada, se está literalmente en medio de la nada. Tras el Gran Cañón, a medio camino de Luderitz, destino final, paran junto a la única población medianamente importante del camino, Aus. Aquí hay uno de esos secretos que casi da pena contar: el Schlucht Geister, un albergue de montaña que es un regalo a los sentidos. Hay que tomar otro camino complicado durante siete kilómetros y se llega a una casa enclavada en medio de las rocas.
En el trayecto se cruzarán con un viejo coche abandonado de los años 60 acribillado con decenas de balazos. Era de unos ladrones de diamantes a los que la policía interceptó en medio de aquel desierto. Junto al albergue hay una pequeña montaña de roca desde la que podrá disfrutar de unatardecer inolvidable. De nuevo por la noche sentirán la nada sobre sus cabezas.
Una ciudad devorada por el desierto
Tras Aus, nos dirigimos a nuestro último destino, la ciudad de Ludertiz. En el trayecto verán caballos salvajes desperdigados. Hay incluso algún mirador con bebederos para poder contemplar a la gran manada. Se cree que pertenecieron a algún batallón alemán que pudo abandonarlos en tiempos de la Primera Guerra Mundial, pero no está clara su procedencia. Comparten espacio con avestruces y orix que acuden allí también a beber agua.
Ludertiz es el final del camino. La ciudad conserva un importante puerto pesquero y comercial ahora ya algo más en desuso. Tiene un aspecto algo decadente, pero cuenta con algunos hoteles, restaurantes y discotecas. Aquí está la última sorpresa, la ciudad abandonada de Kolmannskuppe.
Es una antigua explotación de diamantes abandonada a mediados del siglo pasado. Restos de una ciudad lujosa en la que había casino, hospital, bolera… y en la que la arena del desierto se ha ido comiendo las estancias. Es fantasmal y está llena de historia. Fue el primer lugar de África que contó con máquina de rayos x para controlar que los trabajadores no se tragaran las piedras preciosas y las sacaran de estraperlo. Corría el champán, el agua se traía en barcos desde Sudáfrica y la vieja carnicería inventó un rudimentario sistema de aire acondicionado. Una muestra real del lujo y desigualdad que alcanzó la colonización europea en África.
Portal de América - Fuente: www.ocholeguas.com

