Son ricos y tienen caprichos a la altura de sus abultadas cuentas corrientes en francos suizos. Su terreno de juego es el planeta Tierra (y pronto sus aledaños) y están dispuestos a disfrutar de sus placeres allí donde se encuentren. Las nuevas elites del siglo XXI no están aferradas al terruño, son más viajeras que nunca y quieren estar al tanto del estreno de la temporada en la Fenice como de la apertura de ese exclusivo lodge escondido en un meandro del río Zambeze.
Y no para ser más sabios, naturalmente, sino para disfrutar de estas delicias en su primer fin de semana libre (y preferiblemente antes que vayan sus vecinos de Belgravia o de la Quinta Avenida). Los aliados de esta nueva elite que los ingleses han bautizado como globizens y que nosotros podríamos llamar globalitas (es difícil encontrar una palabra con menos glamour que globoanos, que sería el caso) son los servicios de concierge.
Desde hace una década, especialmente en los países anglosajones, empresas como Quintessentially o Ten Lifestyle se ocupan de facilitar el ir y venir de estas criaturas cuyas vidas en algunos casos adquieren tintes de superproducción de Hollywood. Son legendarias las leyendas del tipo de servicios que solicitan a los nuevos conseguidores de la era global.
Bill Fischer, una de los agentes privados de viajes más exclusivos del mundo (no se molesten en buscar su teléfono neoyorquino), se enorgullece de haber logrado que un buen número de camellos fuera lavado con champú para que su pelo luciera más lustroso en la fiesta que un cliente ofrecía en Marrakech. Otros dan cuenta de cenas organizadas en icebergs y de excursiones para ver las últimas crías de algún animalito en peligro de extinción en el Orinoco.
Más allá del paraíso
Sin desterrar excentricidades dignas de celebrities, el Financial Times se hace eco de un ligero cambio de tendencia en lo que ahora se espera de este tipo de servicios de lujo. Lo superferolítico ha pasado a segundo plano, porque lo que de verdad se busca es pagar por un experto que vaya al grano, que seleccione y sobre todo que descarte ante la sobreabundancia de oferta de villas, yates, restaurantes y paraísos varios imposibles de disfrutar a lo largo de una vida.
Si a un tiro de clic Google nos ofrece seiscientas islas privadas para alquilar, ¿para qué quiero un concierge? Pues precisamente para que descarte 599. Hoy más que nunca se busca criterio, un filtro de confianza y surgen los llamados lifestyle curators: seleccionan, catan, desestiman, prueban. La agencia Brow+Hudson se jacta de organizar solamente 30 viajes al año, con una media de 50.000 libras por persona, para no comprometerse en ofrecer algo de lo que ellos no puedan responder hasta el último detalle.
«No enseñamos a nuestros clientes fotos de las villas que pueden alquilar en vacaciones. Nos alojamos nosotros antes. Hablamos con el chef. Probamos los colchones. Trabajamos para gente que no se permite una mala elección de su escaso tiempo», proclama al rotativo británico uno estos agentes. Desde luego, parece difícil encontrar un trabajo mejor. ¿Dónde hay que dejar el curriculum para un puesto así aunque de cuando en cuando haya que buscar un peluquero de camellos en Marrakech? Más de uno estaría dispuesto incluso a ponerles rulos.
Portal de América - Fuente: www.ocholeguas.com

