Prohibido leer en la oficina: Prejuicios
Jueves, 23 Junio 2011

Prohibido leer en la oficina: Prejuicios

Para el europeo, el chino sigue siendo un ratón amarillo de ojos oblicuos, de larga coleta, con uñas de siete centímetros, muy anticuado y muy pueril, lleno de manías conservadoras, con olor a sándalo y a opio, que come vertiginosamente montañas de arroz con dos palitos y se pasa la vida haciendo reverencias entre faroles de papel.


un texto de Eça de Queirós

Y el japonés sigue siendo para nosotros un fideo de cráneo rapado, con dos enormes sables envainados en la cintura, jovial y licencioso, que corre abanicándose, matando el tiempo en los "jardines de té", y retirándose a su casa, adornada de biombos y de crisantemos, para sentarse en cuclillas en una estera y hendirse el vientre con una espada. A ambos les concedemos una ancestral habilidad para fabricar porcelana y bordar seda. Como a veces sus turbas degüellan a nuestros misioneros, a estos rasgos de carácter (deducidos con tanta precisión) unimos también el de la ferocidad. Y como los chinos no quieren tener ferrocarriles, ni hilos telegráficos, ni lámparas de gas, que constituyen para nosotros el culmen de la civilización, concluimos con gran desenvoltura que son unos bárbaros.

En lo que se refiere a los japoneses, que ya han copiado las locomotoras y los teléfonos, pensamos que esa civilización importada, mal remendada y mal utilizada, los hace irremediablemente grotescos. Que detrás de la coleta y de los quitasoles de papel, y de su conservadurismo y su exotismo, existan sólidas instituciones sociales y domésticas, una vieja y copiosa literatura, una intensa vida moral, fecundos métodos de trabajo e ignoradas energías, el europeo medio ni siquiera lo sospecha.

Pero aunque conociese bien sus energías y virtudes, no se impresionaría ni concedería más respeto a esas pobres razas que sólo lo divierten. Cuando una civilización se abandona por entero al materialismo y de éste obtiene, lo mismo que la nuestra, los gozos y la gloria, tiende siempre a juzgar las civilizaciones ajenas según la abundancia o la escasez del progreso material, industrial y suntuario. Pekín no tiene luz eléctrica en las tiendas, luego Pekín tiene que ser una ciudad inculta.

Aquel locuaz personaje de Edmond About, que despreciaba profundamente a los árabes porque "los infelices aún no tenían ni cafés concierto", representa en caricatura al europeo medio cuando juzga las civilizaciones asiáticas. Millares, cuando no millones, de europeos no creen de verdad que los romanos y los griegos fuesen pueblos civilizados, puesto que no conocían la máquina de vapor ni la máquina de coser, ni el piano, ni otras grandezas de nuestra época.

Portal de América - Fuente: www.elpais.com.uy/suplemento/cultural

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