Eslovenia, una perla desconocida en el corazón de Europa
Domingo, 05 Junio 2011

El lago de Bled con los Alpes Julianos al fondo El lago de Bled con los Alpes Julianos al fondo Matej Vranic

Sorprendente, acogedora, amable, familiar, auténtica, diversa ... así es Eslovenia, un pequeño país (su territorio es inferior a Galicia), situado al abrigo de Italia, Austria, Hungría y Croacia. De las cumbres de los Alpes Julianos a la costa del mar Adriático, el país sorprende a cada paso.


por Magda Bigas

Eslovenia (que no Eslovaquia) es una de las grandes desconocidas de la nueva Europa. Convertida en 1991 en la primera de las federaciones de la antigua Yugoslavia reconocida por la comunidad internacional tras declarar su independencia, no ha perdido el tiempo: se integró en las Naciones Unidas en 1992, en 2004 se convirtió en miembro de la Unión Europa y desde 2007 cuenta con el euro como moneda propia.

El país, menos conocido que su vecina Croacia, conserva el espíritu amable de sus gentes. Uno puede perderse por calles, callejuelas -e incluso carreteras- en plena noche y ser acompañado a su destino por cualquier vecino. Y es que, para la tranquilidad de los turistas, este paraje situado en pleno corazón de Europa es, ante todo, seguro.

Eslovenia es un destino turístico familiar ideal y con múltiples posibilidades. Nuestra recomendación es viajar en automóvil o, de hacerlo en avión, alquilar un coche que permita moverse con toda libertad por un país que ofrece atractivos de mar y montaña para todos los gustos: un norte alpino -no olvidemos que es la región más boscosa del continente-, un sur bañado por el Adriático, y un interior eminentemente rural. En el centro, la capital Liubliana deslumbra y sorprende por su elegancia, belleza y vitalidad. Ahí va nuestra propuesta de entre las múltiples posibles.

Bled y los Alpes Julianos

La parte norte es posiblemente la más bonita del país. Los Alpes Julianos, los más orientales de la gran cordillera europea, son uno de sus principales atractivos, con el Triglav –el monte más alto de Eslovenia- como punto de referencia.

Iniciamos nuestro viaje en Bled, una idílica localidad situada a los pies de los Alpes. Las aguas termales y su espectacular lago han convertido esta ciudad de poco más de cinco mil habitantes en el principal centro balneario y turístico del país. No en vano, a lo largo de los últimos siglos ha sido el destino vacacional preferido de las clases dirigentes –de la familia real yugoslava primero y del propio Tito después-, algo que se refleja en las espectaculares construcciones de palacios y balnearios a orillas de las aguas.

En Bled, la mayor parte de actividades giran alrededor del lago: remo o natación en verano, patinaje sobre hielo en invierno, paseos en bicicleta o a pie bordeando las aguas... y es precisamente esta última una de las preferidas tanto por locales como por turistas. Nosotros optamos también por ello. Mientras paseamos contemplando el fantástico paisaje que nos rodea, vislumbramos en el centro del lago una pequeña isla, de la que sobresale un campanario, el de la iglesia de la Asunción. Según la tradición, quien toca la campana y pide un deseo verá como éste se cumple, una tentación suficiente para aventurarnos a tomar una de las pequeñas embarcaciones a remos –las de motor están prohibidas-, y dirigirnos allí.

Aunque el lago sea el protagonista principal, la ciudad presume de un espectacular castillo construido en la cima de un acantilado, cuya vista es impresionante y al que vale la pena subir. En su ascensión topamos con la iglesia neogótica de San Martín, en cuyo exterior todavía se conservan restos de muralla del siglo XV.

Bled es ideal para relajarse y como punto de partida de numerosas excursiones en una zona en la que ante todo, el visitante disfrutará de naturaleza en estado puro: pequeños pueblos rurales de casitas con jardín y huerto y sobre todo, montaña, a las puertas del Parque Nacional de Triglav.

Desde Mojstrana, una localidad situada a unos 25 km de Bled, al norte de Jesenice, empezamos el ascenso a la montaña. El parque, con una extensión de 84.800 hectáreas, permite practicar el montañismo, uno de los deportes después del esquí, con más seguidores del país. El espectáculo está garantizado: glaciares, cascadas, barrancos... una auténtica maravilla para los amantes de la naturaleza y del senderismo.

No podemos perdernos tampoco la visita a Bohinj, cuyo lago glaciar situado a los pies del Triglav es el más grande de Eslovenia y uno de los más espectaculares, que se nutre, entre otros, de las aguas del río Sava. A pocos kilómetros de Bohinj se encuentra la estación de invierno de Vogel, a la que se accede mediante un teleférico, y desde donde pueden contemplarse vistas extraordinarias de los principales picos de los Alpes Julianos.

Destino a Liubliana

Partimos hacia el sur. A medio camino de la capital, Liubliana, y a unos 30 km de Bled, nos detenemos en Kranj, que junto con Skofja Loka y Kamnik, es una de las tres principales ciudades medievales del país. A pesar de ser un núcleo industrial, el centro conserva el encanto de antaño, lo que la convierte en una visita muy recomendable. El paseo por sus calles contemplando casas, iglesias y torres de defensa de la Edad Media todavía en pie, desafiando el paso del tiempo, resulta muy agradable.

Proseguimos hacia Liubliana. La ciudad, de unos 280.000 habitantes, es una de las capitales más pequeñas y bellas de Europa. Situada en el centro el país, sorprende al viajero con sus elegantes edificios modernistas, sus calles repletas de gente y su amplia oferta cultural. La huella de Jose Plecnik, el arquitecto que firmó algunas de las edificaciones más destacadas de la ciudad en la primera mitad del siglo pasado, está muy presente.

En Liubliana todo está cerca, lo que permite descubrir sus pequeños tesoros sin necesidad de tomar transporte público ni de marcarse una ruta preestablecida; el viajero los encuentra casi por casualidad. El río Ljubljanica, que atraviesa la capital, ayuda a no perder en ningún momento el sentido de la orientación. Sobre sus aguas, los puentes se suceden uno tras otro. Uno de los más significativos y a su vez ejemplo representativo del modernismo es el Puente de los Dragones –animales convertidos en símbolos de la ciudad-, proyectado a principios del siglo XX en honor al Emperador Francisco José. El Triple Puente o los Tres Puentes, obra de Plecnik, es otra de las edificaciones más originales, construido con un estilo imperial importado de Viena. Se halla junto a la plaza Preseren, frente la iglesia de los Franciscanos, y es uno de los más transitados para acceder al casco antiguo, la zona más animada de la ciudad, y un buen punto donde dejarse llevar.

No podemos perdernos el Mercado Central, situado junto al río ni dejar pasar la oportunidad de detenernos en una de las múltiples terrazas instaladas junto a sus aguas, mientras reponemos fuerzas para seguir nuestro recorrido, que nos llevará sin apenas darnos cuenta a la iglesia de la Asunción, la catedral de San Nicolás, el Palacio Episcopal y el Ayuntamiento, donde podremos contemplar su reloj sobre el tejado y la fuente de Robba.

Para tener una imagen de la ciudad en su conjunto, subimos al Castillo, una construcción del siglo IX que nos ofrece unas fantásticas vistas sobre Liubliana. En esta ocasión, y sin que sirva de precedente, recomendamos el ascenso a la colina en funicular o bien en el pequeño tren turístico que durante los meses de verano recorre las serpenteantes calles adoquinadas del casco antiguo. El castillo es el auténtico centro cultural de la ciudad, con una destacadísima oferta tanto cultural como lúdica.

Las calles Mestni trg, Breg y Krizanke, en el centro, son escenario de la mayor parte de las actividades tanto de día como de noche y, por supuesto, no nos las perderemos... Tampoco dejaremos pasar la oportunidad de comprar en alguna de las tiendas de la calle Slovenska, la más comercial, o en el casco antiguo, donde existen encantadores comercios de todo tipo de productos de diseño y artesanales.

La costa del Adriático

Abandonamos la capital e iniciamos la última parte del viaje, dirigiéndonos hacia el sur, con la costa del Adriático como destino. Pero antes haremos dos paradas. La primera, desviándonos ligeramente del camino, será Idrija, una localidad de algo más de seis mil habitantes situada a unos 50 km al oeste de la capital. Durante siglos, las minas de mercurio le proporcionaron riqueza y notoriedad pero hoy, muerta la mina, la ciudad se mantiene sumida en la decadencia. A pesar de todo, es recomendable visitar la mina-museo, la noria de agua y la escuela de encaje de bolillos y, por supuesto, aprovechar la ocasión para comprar sus famosas mantelerías y encajes.

La segunda parada será en Postojna y el motivo está más que justificado: conocer la mayor cueva cárstica de Eslovenia y una de las más grandes del mundo. El espectáculo vale la pena: cinco de los 20 km de galerías subterráneas descubiertos hasta el momento son visitables y pueden recorrerse en un tren subterráneo. En los alrededores de Postojna se halla uno de los monumentos más peculiares de Eslovenia, el castillo de Predjama, una edificación del siglo XVI construida sobre una pared rocosa de más de 120 metros.

Llegamos al Adriático. A pesar de que Eslovenia sólo cuenta con 47 km de costa, su litoral es de una gran belleza. El pasado veneciano se refleja en el estilo de sus construcciones, en su gastronomía y en su cultura. En esta zona del país, el italiano es lengua de uso habitual: el nombre de las calles puede leerse, además de en esloveno, en italiano, y las localidades de Koper, Piran, Portoroz e Izola, son cocidas también como Capodistria, Pirano, Portorose e Isola, respectivamente.

A pesar de que Koper es la ciudad más turística e importante de la costa adriática –cuenta con 27.000 habitantes y un destacado pasado como capital de Istria-, nuestro destino será Piran. Declarada Ciudad Monumental Protegida, Piran –mucho más pequeña que su vecina- enamora por su centro histórico, sus playas de aguas transparentes y su ambiente marinero.

El punto neurálgico de Piran es la plaza Tartini, bautizada con este nombre en honor al compositor y violinista local Giuseppe Tartini. En la plaza, de estilo veneciano y elegantes edificios de fachadas de colores, frente al puerto, se respira el espíritu de la ciudad. Un paseo por sus plazas y callejuelas empedradas y serpenteantes que ascienden colina arriba, con sus casas de pescadores y sus galerías de arte nos ayudan a comprender su pasado y su presente. Podemos visitar, entre otros, la muralla, el Ayuntamiento, el Palacio de Justicia, la casa natal de Tartini y sus las diez iglesias diseminadas por la ciudad, prestando una atención especial a la de San Jorge, construida sobre una colina.

Piran, a diferencia de Portoroz, que concentra la mayoría de hoteles y locales de ocio de la costa, es una ciudad tranquila y familiar. Podemos caminar junto al mar, hasta el puerto pesquero, relajarnos tomando un refresco o degustando su fantástica comida marinera y, cómo no, sumergiéndonos en el Adriático. Sus playas –la de Fiesa es un ejemplo-, aunque muy distintas a las del Mediterráneo, nos ofrecen algo de arena, roca y, sobre todo, aguas tranquilas y cristalinas.

Portal de América - Fuente: www.lavanguardia.com

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