Copahue, donde las aguas sanan
Viernes, 13 Mayo 2011

En diciembre de 2007 tuvimos quince días de receso en las funciones del musical Cabaret. Necesitaba unas “vacaciones terapéuticas” y por recomendación de Raúl Lavié, elegí pasarlas en un lugar, para mí insospechado, de la Cordillera de los Andes: las termas de Copahue.


por Karina K, Neuquén

Así fue como llegué a Caviahue. La villa está sobre un valle rodeado de montañas y bosques de araucarias donde habitan varias comunidades mapuches. Tiene un lago azul en forma de herradura, infraestructura turística –en el invierno funciona un centro de sky–, una atmósfera diáfana y prolijas casitas alpinas con jardines. Vi el espléndido vuelo de unos cóndores, suspendidos sobre el cielo, justo antes de hacer el trasbordo hacia las termas.

Unos 20 kilómetros más arriba, a 2 mil metros de altura, está la villa de Copahue y el panorama cambia: ya no hay vegetación, ni un solo arbolito. Aquí el valle es desértico y rodeado de paredes rocosas. Parece la luna: hay cráteres en el suelo de piedra; fumarolas y estanques naturales. Un penetrante aroma sulfuroso invade el aire y de algunos estanques –donde el agua llega a los 90° de temperatura– se eleva un denso vapor blanco que produce una sensación de irrealidad, de efecto teatral. El paisaje es surrealista, diferente a cualquier otro conocido.

El complejo termal es enorme, alrededor de su centro de atención se extiende un pueblito sencillo que se arma y se desarma; funciona desde noviembre hasta abril, en invierno está, literalmente, tapado por la nieve. Me alojé en “La flor de Copahue”, una cabaña confortable ubicada cerca del centro, atendida por gente amable. Desde la ventana se ven senderos que se pierden en la montaña; mi primer día en Copahue fue de adaptación a la altura y dormí lo que no había dormido en años.

Tras la visita de rigor al médico, comencé los baños terapéuticos en la poco glamorosa pero fascinante “laguna del Chancho”: de la tierra surgen hilos de agua caliente y producen un lodo borboteante y espeso que hace globitos y ahí me sumergí unos cinco minutos. En la “laguna Verde” el agua tiene  algas microscópicas que cubrieron mi cuerpo como un manto de seda. Luego, me  hundí en unos toneles repletos de fango tibio. Al salir,  me tiré en una reposera sobre un deck de madera y me convertí en un extraño personaje marrón-verdoso que el sol resquebrajaba. En una tina de madera, un persistente chorro de agua sobre la espalda me devolvió mi piel humana, más suave y luminosa que nunca.

No había tiempo, reloj ni celular. No hice las excursiones posibles y me dediqué a descansar. Caminaba; cruzaba un puente de hierro y madera sobre una laguna; hacía unas cinco cuadras por un sendero de montaña hasta el almacén por mis provisiones cotidianas. En el trayecto, algunos mapuches colocan sus tienditas y ofrecen artesanías en piedra, tejidos en lana de cabra y quesos. En una de ellas, Lágrimas del Volcán, compré una piedrita negra, preciosa; la chica que atendía me contó sus tradiciones y festejos, fue conmovedora.  Siguieron otros baños y anduve de lodo en lodo, con masajes e hidromasajes, mesoterapia, nebulizaciones, cosmetología, ungüentos termales y vapores durante diez increíbles días. Regresé a Buenos Aires para retomar Cabaret, feliz y renovada.

Portal de América

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