Un amor muy real
Domingo, 01 Mayo 2011

Un amor muy real

Estos eventos, que parecen distantes y fastuosos, son fundamentales para que el Reino Unido tenga en la monarquía un centro de unidad. El mundo es alegría y dolor. Unos de fiesta, otros tristes. Unos en sequía, otros inundados. Es una ley de la vida. Pero hay cosas que unen. Reinas y peones pedían lo mismo a la naturaleza: en el palacio real de Buckingham, de Inglaterra, igual que en la plaza de Ubaté, se oraba por que no lloviera. Lo hacía la reina madre, Isabel II, lo mismo que doña Tulia I, en Capellanía, donde yo una novilla tenía.



por  Luis Noé Ochoa

Fui uno de los invitados a la boda del príncipe Guillermo de Inglaterra con Katherine Middleton. Pasé desapercibido en medio de dos mil millones más, y eso que estaba en piyama corte inglés. Dios está con todos. No llovió en Londres, y en el valle de Ubaté a 'La Niña' le está pasando la mala leche y van cuatro noches de veranito. Espero sea un milagro de Juan Pablo II, mi nuevo beato.

La monarquía estaba de fiesta. Parecía un domingo en Suaita. Mucho sombrero distinto, algunos bellos, de ala ancha y copa plana, como el de Chavita Segunda, a quien no se le notan los 85. Otros, como antenas parabólicas. Otros de copa, como el viejo tirolés de los cachacos. Otros, estilo nido, sin pájaro. Volvimos a ver por dentro la hermosa abadía de Westminster. Qué orden, qué coros. Doña Camila Parker estaba discreta, con un sastre color blanco cuerno, al lado de su esposo, el príncipe Carlos. Creo que en la mente de todos estaba Lady Di, esa otra plebeya que vivió un tormento y no vio casar a su hijo. Habría estado hermosa. Porque de ella debe ser lindo hasta su esqueleto.

Katy llegó al altar real por amor. Aunque la han criticado. Como es hija de una azafata y de un promotor de vuelos, las lenguas envidiosas, esas con cara de fifirifí, que creen que la vecina es fufurufá, dicen que es una aviona, que se fue a estudiar Historia del Arte a Saint Andrews solo para caerle de barrigazo a Guillermo. No, señoras. Katy se enamoró. Se le nota en la mirada. Y cumplió su sueño azul. Que lo tenemos todos. Pero los pobres, si queremos ver reina acostada, tenemos que jugar ajedrez. Y somos tan de malas, que se la come un peón. Katy estaba hermosa. La elegancia de la sencillez, con su traje blanco hecho a mano y con una larga cola. Así es siempre. El más pobre viene con una larga cola.

La ceremonia fue distinta. Él no se puso anillo. Solo ella, y casi no le entra. A veces pasa en los matrimonios. Al principio queda apretado. Por eso es mejor hacer la prueba antes. No hubo comunión ni se dijo "recuerda que polvo eres". Ni el arzobispo advirtió "puede besar a la novia". Después la besó en el balcón y se supone que más tarde la besaría en el primer piso.

Como hay crisis económica y el palacio estaba austero, la lista de regalos debió de ser sencilla. Horno microondas, vajilla de 20 piezas, mesa de planchar, tostadora... ¿La cena sería arroz con pollo? Las fiestas dizque fueron maravillosas. Música clásica primero. Después, la que organizó el príncipe Harry con los Rolling Stones, Elton John, Blur, Spice Girls, Oasis, Queen, Escalona y Jorge Veloza.

En fin. Estos eventos, que parecen distantes y fastuosos, son naturales y sirven al mundo y a sus pueblos. Son importantes como símbolo de religiosidad y porque muestran a la realeza de carne hueso. Sobre todo, son fundamentales para que el Reino Unido tenga en la monarquía un centro de unidad. Estas bodas reales -como la de Felipe y Letizia, en España- en naciones culturalmente diversas envían un mensaje de cohesión a sus países. Así ha sido a través de la historia. La de Katy -apretadita y todo- es una argolla nacional entre Buckingham e Inglaterra. Un millón de personas desde la noche anterior apostados para verlos de cerca no es novelería. Es cariño y admiración por la corona. Así que sean 'happyses' y que 'eat' perdices.

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