por Bárbara Muñoz S.
Hace un tiempo fui a comer sushi con mi amiga Isabel a la sucursal de Las Condes del Bushido. Cuando trajeron la cuenta, no nos dimos cuenta que habían incluido un 15% de propina. ¡15 por ciento! Lo peor no fue que la agregaran sin avisarnos, sino que además, no dijeran nada cuando, cumpliendo con esa supuesta obligación ética de dejar el 10% de propina, le dejamos el dinero en efectivo sobre la mesa. Íbamos ya en el auto cuando caímos en cuenta: habíamos dejado un 25% de propina. Reconozco que fuimos pavas, pero ellos se pasaron de listos. Y eso no se hace. Ese local pasó directo a mi lista negra.
Otra cosa que me descompone el genio es que, si tengo un reparo, en vez de solucionarme el problema, se pongan a la defensiva. Estaba una noche en el Lomit’s de Providencia comiéndome un churrasco italiano (porque para eso sí que son buenos) cuando me dieron ganas de tomarme una michelada, una mezcla de cerveza con jugo de limón que no será tan foodie, pero que me gusta mucho. Cuando la trajeron noté al tiro que la habían preparado con sucedáneo. Reconozco ese sabor de inmediato porque, durante mucho tiempo, en mi casa no había más que Traverso para aliñar las ensaladas. Cuando le pedí al mozo que me la cambiara, se negó. “Es jugo verdadero”, me dijo. “No, no es”, le repliqué yo. “No trabajamos con sucedáneo”, insistió él. “Entonces los limones estaban rancios. Pruébela”, le ofrecí. No hubo caso. La discusión se alargó por varios minutos, los ánimos se fueron caldeando y ni el administrador que llegó a zanjar la discusión, pudo ponerle fin. Dejé el vaso prácticamente sin tocar (realmente estaba imbebible) y aún así me cobraron la cerveza y $600 extra por el jugo de limón. Me juré no volver nunca más.
Pero si hay algo que definitivamente puede arruinarme la velada, es que me traten mal. Hace tres semanas con mi amigo Santiago fuimos a conocer el Vietnam Discovery, el restaurante-sensación de la cocina vietnamita. Como era un día de semana cualquiera al almuerzo, no hicimos reserva. Cuando llegamos, el lugar estaba vacío pero nos dijeron que estaba todo reservado, que no había cupo. Después de unos minutos, un tipo de acento extranjero nos dijo que podíamos pasar. Nos atendieron rápido, los platos llegaron de inmediato y la comida estaba deliciosa. Estábamos disfrutando nuestro plato principal cuando de pronto aparece un segundo tipo que nos pregunta los nombres.
- “Entonces ustedes son los que no hicieron reserva”, nos dice muy serio.
“Sí, supongo...”, decimos desconcertados. “Nosotros no hicimos reserva”.
- “Es que eso nos desordena todo”, dice el tipo, con tono severo.
“Lo siento, pero fueron ustedes los que nos dejaron pasar”, le decimos, algo incrédulos.
-“Es que esto es un problema”, replica el hombre, haciendo un gesto de desagrado.
“Ese será un problema suyo, señor, pero no de nosotros”, reclamamos, ya ofuscados.
- “Sí, es que mi compañero se equivocó. No debió dejarlos pasar”.
“Bueno, pero eso no es nuestra culpa”, le repetimos con la cara ya colorada de la rabia.
-“Es que aquí no pueden llegar y venir. Para la otra hagan reserva”, arroja como un ultimátum, y se va.
¿Para la otra? Definitivamente no habrá otra. Un restaurante es mucho más que su comida.
fuente: blogs.elmercurio.com

