Mallorca multiplica su impacto ambiental sin protesta alguna
No hace falta tener una memoria de elefante para acordarse de cómo la izquierda de las islas Baleares ponía el grito en el cielo ante cada nueva plaza de alojamiento que los conservadores querían colarnos, en muchos casos probablemente como método de financiar su partido. Los argumentos que daban eran demoledores, pero el más potente era el de “quien ama Mallorca, no la destruye”. Antes de cada campaña electoral, los conservadores recibían su merecido con algunas manifestaciones que nos alertaban a los ciudadanos del desastre ambiental que se avecinaba, a la vez que, como quien no quiere la cosa, recogía apoyos para la izquierda. Todo merecido, porque no se podía crecer ilimitadamente.
Los mensajes era rigurosamente ciertos: un turista más en Mallorca equivale a más servicios, más transporte para trasladarlos, más camiones para repartir el pan que consumen, más centrales energéticas para la luz que utilizan, más depuradoras para sus aguas residuales, más desaladoras para atender sus necesidades de agua, más espacio para las pistas del aeropuerto, etcétera. La explicación que nos daban sugería que el fin del mundo se avecinaba, porque en Mallorca no tenemos más viajeros, porque es un territorio frágil. La fragilidad de las islas la hemos aprendido tanto que hasta nos lo hemos creído. Yo mismo pienso que es verdadero que unas islas tienen limitaciones territoriales.
Pero ahora la izquierda está en el poder y aquello se ha olvidado completamente. Hoy el número de viajeros se ha disparado exponencialmente. Estamos en mayo y hay días en los que no se puede caminar por el centro de Palma, como ocurría antes sólo en el mes de agosto. El aeropuerto está saturado, al punto de que algunos días el volumen de pasajero se corresponde puramente con el del verano.
¿Cuál es la razón de este boom, si seguimos sin tener nuevas plazas hoteleras?. Pues que tenemos un aluvión de viajeros que se alojan en apartamentos particulares. ¿Cuántos? Probablemente nos estamos acercando a la cifra más extrema que habían dado los hoteleros, de 200 mil plazas adicionales (recordemos que hay unas 340 mil plazas hoteleras turísticas legales).
Hace pocos días estuvo en Palma de Mallorca Carlos Lascorz, el responsable de desarrollo de negocio para España y Portugal de Airbnb, el primer portal de venta de apartamentos por Internet. Las cifras que dio son espectaculares: En 2013 este portal atrajo 13.600 visitantes; en 2014 la cifra se multiplicó hasta llegar a los 41 mil, mientras que en 2015 superaron los 83.000. De la misma forma, sólo este portal ofrece 13.000 alojamientos de este tipo, normalmente con capacidad para varias personas. Y hemos de tener presente que Airbnb, siendo la marca más conocida, para nada es la única del mercado, sino que el listado de competidores es muy extenso, incluyendo recientemente también a Booking.
O sea, decenas de miles de nuevas plazas de alojamiento lanzadas al mercado, como si ahora esto no provocara ningún problema ambiental, como si ahora no tuviera importancia la famosa fragilidad ambiental de Mallorca, como si esta vez no tuviera impacto, como si estos turistas no consumieran, no usaran servicios, no generaran basuras, no bebieran agua, no usaran la red de aguas fecales.
Observen que este negocio tiene dos características que lo convierten en extremadamente antisocial: por un lado, no crea empleo. Cierto que deja dinero a los propietarios de pisos, pero no genera empleo porque en un hotel hay necesidad de unas plantillas que los apartamentos no ofrecen. Y, más serio aún ahora que todo el mundo habla de los papeles de Panamá, en el mejor de los casos –que ya es ser optimista– estos alojamientos pagan impuestos sólo por una parte mínima de estos viajeros. ¿Cómo va a hacer Hacienda para controlar un negocio así? ¿Qué puede decirle un inspector al dueño de un apartamento que afirme que en todo el verano sólo alquiló dos veces la vivienda?
A mí, en todo caso, lo que más me llama la atención es que ahora no hay nadie que abra la boca. Los ecologistas, que me consta que esto no lo ven claro, están ocupados en protestar contra un chiringuito de una playa de Santa Margalida; la izquierda gobierna y no tiene discurso; la derecha está en sus batallas internas; los medios de comunicación sólo acuden a ruedas de prensa que sobre este tema no convoca nadie; y los hoteleros ya tienen bastante con contar los ingresos de sus cajas cada tarde.
¿Legislación? Ni hay ni se la espera. La izquierda otrora sensible con estos asuntos está estudiando el tema. O sea, como hacía Franco, terminará por crear una comisión de trabajo, solución ideal cuando no se quiere hacer nada.
Por lo tanto, el medio ambiente puede esperar.
Portal de América

