Las olimpíadas y los mundiales no dejan ganancias a los países
Domingo, 17 Agosto 2014
Un elefante blanco. La Arena de Amazonia, en Manaos, costó cerca de 300 millones de dólares. Se la construyó especialmente para el Mundial de junio-julio.
La idea de que los grandes eventos deportivos son buenos para el crecimiento económico es relativamente nueva, y no hay evidencias que la sustenten. Los organizadores por lo general omiten considerar los llamados “costos de oportunidad”.
Brasil puede no haber carecido nunca de lugares para jugar fútbol, pero eso no le impidió gastar fortunas en estadios para el Mundial del mes pasado. El Arena da Amazonia, de 300 millones dólares, se construyó en una ciudad donde el equipo profesional no atrae a más de 2000 hinchas por partido.
Y para Brasil es apenas el comienzo. El país, que también albergará los Juegos Olímpicos de 2016 en Río de Janeiro, se ha embarcado en un festival de infraestructura que puede superar los US$25.000 millones. El gasto busca poner de relieve el ascenso de Brasil a potencia económica; el gobierno sostiene, además, que apunta a aumentar la prosperidad de la nación.
La idea de que los grandes eventos deportivos son buenos para el crecimiento es relativamente nueva.
Un artículo de 1956 en The New York Times tomaba nota de las curiosas expectativas de funcionarios australianos que tenían “algún optimismo” de que visitantes de los Juegos Olímpicos de Melbourne podrían instalarse en la ciudad, o tal vez hacer algún negocio allí.
Ahora ya es usual que se aluda a los juegos olímpicos y el mundial de fútbol como motores económicos. Cuatro ciudades de EE.UU. –Boston, Los Angeles, San Francisco y Washington– anunciaron que están flirteando con los juegos olímpicos del 2024, invocando, todas ellas, el desarrollo económico. En Massachusetts, una comisión designada por el estado y encabezada por un empresario de la construcción sugiere que una olimpíada en Boston podría “catalizar y acelerar el desarrollo económico.” Esas afirmaciones se basan en la idea de que los Juegos pueden servir como imán turístico, como oportunidad para llamar la atención de las multinacionales y como forma de conseguir apoyo político para costosos proyectos de infraestructura. Se suelen traer a colación las sobrias y rentables Olimpíadas de Los Angeles de 1984; también las de Barcelona 1992, que afianzaron el renacimiento de la ciudad.
Pero hay llamativamente pocas pruebas de que este tipo de eventos aumenten el turismo o atraigan inversiones. Gastar profusamente en un evento de corta duración es, económicamente hablando, una estrategia dudosa. Los estadios, que cuestan mucho y producen beneficios económicos mínimos, son una línea de negocios particularmente mala. (Es por eso que generalmente son construidos por los contribuyenes y no por empresas). Y pese a que Brasil, igual que otras sedes recientes, ha tratado de ganar simpatías para el gasto en estadios construyendo también infraestructura como carreteras y aeropuertos, la gente tendría el mismo beneficio a un costo mucho menor si se construyeran los proyectos de transporte y los estadios no.
Las Olimpíadas de Los Angeles tuvieron éxito, después de todo, porque los planificadores no construyeron nuevos estadios. Barcelona atravesaba un renacimiento que probablemente habría ocurrido sin los Juegos.
Costos de oportunidad
Los organizadores y su entorno por lo general omiten considerar lo que los economistas llaman “costos de oportunidad”, en este caso, lo que podría haber pasado si un país no hubiera albergado los Juegos. En ciudades caras, tal vez el mayor costo de oportunidad es la afectación de valiosos inmuebles: si bien muchas instalaciones se siguen usando después de los Juegos o se convierten para nuevos propósitos, algunas quedan tan vacías como el sitio original de Olimpia, en Grecia.
Del mismo modo, es engañoso calcular la cantidad de dinero que se gasta en una ciudad durante las olimpíadas. Una comparación justa requiere alguna estimación de cuánto se habría gastado sin ellos. Después de todo, cuando llegan los Juegos, el otro turismo se va. Durante los Juegos de 2012, el Museo Británico recibió 480.000 visitantes, frente a 617.000 el agosto anterior. De hecho, Gran Bretaña recibió un 5% menos de extranjeros en agosto de 2012 que en el mismo mes del año anterior. Los que fueron gastaron más, sin duda, pero Londres gastó miles de millones en atraerlos.
A muchos anfitriones, por cierto, les importa poco el punto de equilibrio. Las olimpíadas siempre han sido una carta de presentación para las economías que emergen, desde Japón en 1964 y Alemania en 1972 a China en 2008 y Rusia en febrero. Y hay cierta evidencia de que funciona. Los países que acogen los juegos olímpicos experimentan un aumento significativo en el comercio, según un estudio realizado en 2009 por Andrew Rose, economista de Berkeley, y Mark Spiegel, economista del Banco de la Reserva Federal de San Francisco. Pero su investigación determinó que lo mismo pasó con los países que hicieron las ofertas perdedoras para los juegos olímpicos, y que gastaron decenas de millones en lugar de miles de millones.
Philip Porter, economista de la Universidad del Sur de la Florida que estudia el impacto de los eventos deportivos, dijo que la evidencia no deja lugar a dudas. “La conclusión es que, cada vez que hemos analizado el tema –decenas de estudiosos, decenas de veces– no nos encontramos con ningún cambio real en la actividad económica”.
"Como un casamiento"
Aun así, incluso para ciudades ya famosas como Boston o San Francisco, hay una razón para querer traer las olimpíadas o el mundial: a la gente le gusta la organización de grandes eventos deportivos. Los economistas tienden a prestar más atención al dinero que a la felicidad, porque el dinero es más fácil de contar. Pero no es un asunto menor que las encuestas habitualmente muestran altos niveles de apoyo en el país anfitrión antes, durante y después de las olimpíadas y las copas. “Es como una boda,” dice Matheson. “No te hará rico, pero puede hacerte feliz”.
Portal de América - Fuente: Bloomberg, publicado por www.ieco.clarin.com

