China
Viernes, 18 Febrero 2011

China

Un recorrido por un país milenario, místico y exótico. Del Mercado de la seda de Beijing a la Gran Muralla y el río Yangtsé.



por Beatriz Paiva*

El 28 de diciembre de 2007 inicié lo que sería para mí un maravilloso y fantástico recorrido por un lugar milenario, místico y exótico: China. Si estudiar filosofía oriental y medicina tradicional me apasionaba, no podía siquiera imaginar lo que sería estar realmente allí, en ese inmenso país que, de norte a sur, sorprende, deslumbra, conquista. Desde los profesores de la Universidad de Guangzhou, de más de 80 años y que con generosidad y lucidez nos transmitían sus conocimientos, hasta las camareras de los hoteles, que utilizaban el modo de comunicación que derriba fronteras de culturas e idiomas –la sonrisa– nos pudimos entender muy bien, en un país que, literal y metafóricamente, siempre está vivo, despierto.

Fue un mes en el que casi no dormí, porque no quería perderme nada: la Ciudad Prohibida, con sus soldados de terracota, el Palacio de la Suprema Armonía y las magníficas historias que apasionan; la comida (no llevé ni mate y el no comer carne hizo todo más sencillo); el viaje por el mítico río Yangtse-Kiang –el más largo de Asia y el tercero del mundo– realmente a “tracción a sangre”, como si el tiempo se hubiese detenido.

También los maleteros que no entendían de propinas, las vendedoras que se ofendían si no se regateaba el precio, y hasta un sorprendente “amica tacaña” que escuché a mis espaldas luego de irme sin comprar nada del Mercado de la Seda, el tercer destino turístico más visitado de la ciudad después de la Ciudad Prohibida y la Gran Muralla: el mercado recibe a diario a más de 20 mil personas, y hasta 60 mil los fines de semana.

Me sorprendió también la actividad nocturna, el hecho de que por las noches se trabajara tanto como durante el día.

Recuerdo el orgullo con el que entonces preparaban el estadio para los Juegos Olímpicos de Beijing. Nos pidieron expresamente que lo llamáramos así, ya que Pekín, para ellos, es la forma en que la llaman los “gringos” que no pueden pronunciar Beijing.

Lo bautizaron “estadio-nido”, nombre pensado con la idea de que el mundo sea como “un nido de pájaros”.

Cuando regresé, me llevó mucho tiempo recuperar mi vida normal. Y aún hoy, cuando me despierto por las noches o veo las fotos, vuelvo a preguntarme: ¿realmente estuve allí? Entonces me respondo que sí, y si tengo suerte, me vuelvo a dormir y me sueño caminando por la Gran Muralla, donde me encuentro con un soldado de la Dinastía Ming que me habla mientras comienzo a formar parte de la película “El último emperador”.

*Profesora de yoga de Luján de Cuyo, Mendoza. Viajó en diciembre de 2007.

fuente: clarin.com

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