por Sergio Antonio Herrera, @DelPDA en Twitter
En el tránsito inolvidable de la niñez a la adolescencia, cuando para ver TV había que hacer méritos para ser invitado o admitido en la casa del vecino que tenía un aparato, los sábados de tarde no existía mejor menú que ver a Mancera.
Serrat, Delon, Loren, Bravo, Cortez, Mastroianni, Signoret, Connery, algunos apellidos que junto a nombres como Sandro o Raphael, apodos como Palito o Pelé, eran apenas algunos de los íconos que desfilaban por las cámaras del 9, del 11 y del 13, entre las décadas del 60 y 70 en la televisión argentina.
Cámaras sorpresa, entrevistas memorables, escapismo y coberturas impresionantes, como por ejemplo, la inauguración de las Torres Gemelas del WTC neoyorquino, él las vio nacer y las eternizó en la pantalla.
Ni una mala palabra, ni una afrenta al pudor ni al decoro.
Sin trampas, con talento y producción pero con cancha, con ese atributo que es intransferible: gran baqueano.
Muchos se preguntan ahora el porqué de su desaparición de la pantalla chica tan temprano.
No tengo la respuesta cierta, nunca estuve ni cerca del gran maestro, pero conociéndolo a distancia, seguramente, algunos de los motivos sean su indiscutibles valores: códigos y ética.
Descansará en paz, en la gloria eterna, sin manchas y sin sombras.
Nos vemos.
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