Volví a la ópera, esta vez como espectador
Sábado, 23 Julio 2011

Volví a la ópera, esta vez como espectador

Pasaron 40 años desde aquel voraz incendio que redujo a cenizas mucho más que el viejo edificio del SODRE*.  Aquel infausto siniestro se llevó consigo una época de oro de la cultura uruguaya. El viernes pasado asistí a la primera ópera del nuevo Estudio Auditorio, ahora llamado Adela Reta, en el estreno de Eugenio Onegin, obra en seis escenas, en tres actos, con música de Chaikovski y libreto de K. Shilovski y Modest Chaikovski, hermano del compositor.



por Sergio Antonio Herrera

Promediaba la década del 60, cuando el grupo de comparsas (extras), reclutado por Juancito Scandaliaris, entre los muchachos que "parábamos" en el club,  ingresábamos por la pequeña puerta de la calle Andes, varias veces a la semana durante el período de ensayos en las temporadas de ópera de la época, bajo la dirección artística del Maestro Hugo Balzo.

Salvo las lamentables excepciones que confirman la regla, la elegancia y el buen gusto eran el común denominador entre los asistentes al estreno del viernes. La magnificencia del nuevo edificio hace dudar acerca de su real ubicación geográfica y cuando subíamos con mi señora, las amplias escaleras en rojo y dorado, escuchábamos de fondo el Bolero de Ravel.

A pocos metros de nuestra ubicación, en la Platea Alta, se encontraba el Vicepresidente de la República, Danilo Astori; el Ministro de Educación y Cultura, Ricardo Ehrlich y los ex-ministros José Villar Gómez y María Julia Muñoz. Quienes afirman que desde cualquier ubicación se tiene una excelente visión del escenario, aciertan estruendosamente.

Siempre con las instalaciones colmadas, siendo un adolescente, tuve la formidable experiencia de trabajar en obras como Il Trovatore, Falstaff, Rigoletto, Carmen, La Traviata, siguiendo las indicaciones de maestros como Juan José Brenta y Melitón González y la inolvidable chance de participar en Turandot bajo las órdenes del inmenso Atahualpa Del Cioppo. Pisé al mismo momento el escenario (no me atrevo a decir "compartí") con figuras de la talla de Juan Carlos Gebelin o Juan Carbonell en una formidable Don Juan y en varias ocasiones con la gran pareja de bailarines que conformaban los argentino-uruguayos Margareth Graham y Tito Barbón.

No tenía la menor idea de la existencia de Eugenio Onegin, por la sencilla razón que sé muy poco, casi nada del género pero, que volviese la ópera al SODRE y que aún, por diversas circunstancias no conocía las nuevas instalaciones, fueron en suma los motivos que me llevaron a decidir la asistencia. Como debe hacerse siempre, traté de conocer acerca de la obra, interiorizarme al menos del argumento y comprobar, que salvo el nombre de Graciela Lassner, el resto del elenco no me sonaba para nada, como es lógico para alguien como yo. La primera gran sorpresa, agradable por demás fue la escenografía, impactante.

Con Lucho, un amigo de la infancia de físico casi idéntico al mío, hacíamos casi todos los "protagónicos". Se precisaban dos camilleros para sacar a un muerto, allá íbamos, dos soldados para cubrir una puerta, estábamos los dos. El gran problema mío era conseguir casco de mi talla para hacer de soldado. En Falstaff, con Lucho, se suponía que debíamos arrojar desde una ventana al Támesis, dentro de un canasto de mimbre, al protagonista, que era el barítono brasileño Paulo Fortes, por cierto, un hombre de gruesa contextura física. Obviamente, una vez introducido en el canasto sin fondo, a Fortes lo bajaban con una plataforma móvil al subsuelo. Mientras hacíamos la pantomima de levantar con esfuerzo el canasto, una de las cantantes se aproximaba a nosotros y en mi memoria tengo grabado que decía algo así como ¿pesaaaaaaaa?...y a Lucho no se le ocurrió mejor cosa que responder por lo bajo, casi en mi oído: "no, es livianitooooooo". Escucharlo y venirme un ataque de risa contenido fue solo uno y por supuesto, cuando hicimos caer el  contenedor del protagonista por la supuesta ventana, el mismo pegó en el piso, del otro lado del decorado, dado vuelta y al chocar , antes que los utileros jalaran la lona con la que lo hacían desaparecer, pudo verse que el canasto estaba vacío. Menos mal que era el ensayo general y no la función, Juanjo Brenta casi nos mata.

Al interiorizarme acerca de la obra de Chaikowski que iba a ser presentada, supe que sería cantada en ruso y que por ejemplo, Dimitry Vargin, el barítono que hace a Onegin era uzbeco y que Natalia Kreslina, la Tatyana de la obra, es letona; que son polacos ambos directores, el musical Lukas Borowicz (34 años) y el de escena, Michal Znaniecki. Con ese panorama, movido principalmente por el interés de ver un espectáculo de categoría y conocer la nueva sala, acudí casi convencido que debería resignarme a ir imaginando lo que iba transcurriendo, porque en ruso, además de niet y tovarich, nada de nada. La gran y agradable sorpresa fue divisar en lo alto del escenario, una franja de tamaño considerable donde fue apareciendo, durante toda la obra, la traducción simultánea, si, igual que en el cine, subtítulos. Sensacional.

Si la primera impresión que tuve con la puesta en escena fue magnífica, el primer cuadro del tercer acto muestra en primera instancia una velada visión del gran baile que se celebra en una casa principesca de San Petesburgo, dando la impresión a primera vista, que los asistentes al cumpleaños del esposo de Tatyana, el Príncipe Gremin, al bailar y al desplazarse, chapotean en el agua. Cuando avanza el cuadro, se levanta el telón casi transparente y se muestra nítidamente la escena y allí se puede comprobar sin temor a equívocos que realmente, todo el piso está anegado y que es verdad que hay agua en el escenario. Se dice que la utilización del vital elemento, dentro de lo que se denomina escenografía expresionista, se hace como una metáfora de las emociones de Onegin.

En el primer intervalo, en una barra contigua a las puertas de acceso, elegantes bartenders sirven champagne que se vende por copas, pero también sandwiches y bebidas gaseosas. La casi rutinaria visita al sanitario, no deja de impactar, también ahí, el despliegue de buen gusto y calidad en la construcción.

Los espectadores aprovechaban también los intervalos para ir a hacer sus necesidades a elementales gabinetes higiénicos y fundamentalmente para fumar. No sé porqué, en ese espacio de tiempo y distancia, se me representa un pancho con mostaza. Creo que vendían en los intervalos.

Como dije al principio, en el público primaba la elegancia, inclusive en muchos casos, por el lado femenino hasta vestidos de fiesta (sospecho que hubo alguna recepción por invitación, posterior a la función). Pero como es usual en estos tiempos, no faltó (en la fila delante de la mía), el ¿desubicado?, de gorro de lana y camisa leñadora.

Ni a los bailes del Platense, de Casa de Galicia y tampoco a los de la Institución Atlética Sud América (la popular IASA), se podía ingresar si no se acudía vestido con el correspondiente traje y corbata, pueden imaginar que a la ópera, se iba con las mejores galas.

Salí reconfortado, feliz. Si bien la música no es lo mío, escuchar casi tres horas de Chaikowski conmueve hasta al más ignorante. Asocié a la sala Adela Reta con el remozado Solís y con la nueva terminal del Aeropuerto de Carrasco y con la Torre Ejecutiva y con el Anillo Perimetral. Pensé en los reiterados anuncios del país de primera y del país desarrollado y me dije que cuando logremos derribar las barreras que nos imponen las tristes carencias y miserias que aún nos mantienen en el subdesarrollo, por todos conocidas, estas realidades son las que nos pueden algún día certificar que alcanzamos las metas propuestas.

Salí reconfortado, feliz, había terminado el ensayo general de Il Trovatore y más allá que Juanjo Brenta se volvió a enojar, esta vez con Tito Fiallegas porque olvidó sacarse el reloj con malla dorada cuando se puso el uniforme gris de guardia de la cárcel.... Habíamos cobrado por primera vez,  correspondía a lo generado en la ópera anterior, no era mi primer dinero ganado, tenía dieciseis.

Nos vemos.

* En un principio, en su creación allá por 1931, en Uruguay, el SODRE era el Servicio Oficial de Difusión Radio Eléctrica. Actualmente es el Servicio Oficial de Radiotelevisión y Espectáculos.

 

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