por Sergio Antonio Herrera
El escenario
Imaginen a quien suscribe, sentado de espaldas a la ventanilla que daba al salón de ventas, a una mesa cuadrada cuyo lado izquierdo estaba arrimado a la pared, en el lado opuesto y en el derecho, dos posiciones más, para otros tantos compañeros de turno, en el horario de 7 a 14.
A mi izquierda, un hueco en la pared, era el lugar de un teléfono blanco, directo con el Aeropuerto de Carrasco, sobre la mesa, a mi derecha, varios teléfonos, negros, enormes, cada uno respondía a una línea, creo que eran tres.
Junto a los aparatos, los cuales generalmente sonaban todos a la vez (sobremanera en fechas pico), un intercomunicador con el mostrador, en la sala contigua, funcionaban tres telex, uno con Carrasco, otro con Punta del Este y otro con central, en Buenos Aires, para enviar los mensajes por esta vía, era preciso "picarlos" en código y en inglés.
En el centro de la mesa cuadrada, había un tambor metálico giratorio (la duda es si era verde o gris), con treinta compartimentos y en cada uno, se guardaban las planillas correspondientes a los vuelos de cada día del mes.
Estoy hablando de la sección reservas de Austral en Montevideo, en la calle San José, donde hoy funciona Turisport, remontándome al año 1971.
En la época, la compañía operaba nueve vuelos diarios en cada sentido, entre Carrasco y Aeroparque, con aviones japoneses YS11. No existía el puente aéreo, también volaban Pluna y Aerolíneas Argentinas.
El lápiz, los códigos, las fichas
Cada pasaje que se emitía en el mostrador, obligaba a llenar al emisor una ficha pequeña, de papel blanco, con los datos del pax y la misma, era depositada en una bandeja de madera, inserta en el vidrio de la ventana que estaba a mis espaldas, entre el salón y reservas.
Cada boleto que emitía una agencia de viajes, implicaba el mismo método, la diferencia era que el recorrido entre el emisor y la bandeja de madera, era mayor, dependía de la distancia en que se encontraban las oficinas de la agencia que había vendido el boleto, la cual transitaba el cadete, varias veces al día, trayendo la fichita de papel blanco.
El resto de las cataratas de datos, llegaban a través de los varios aparatos a nuestro alcance: el teléfono blanco directo con Carrasco, los otros tres o cuatro, de color negro (alguno con más de una línea, se encendían unas luces...) y los tres telex ya descriptos.
Toda esa información, había que insertarla automáticamente, instantáneamente, sin solución de continuidad, en las famosas nueve planillas de cada día, que en total siempre, sumaban doscientas setenta (todo un mes) y había que hacerlo con lápiz, eran de cartulina amarilla, tenían 55 renglones (la totalidad de asientos) y además de los datos del pasajero y del ticket, había que otorgar el código de reserva...
Obviamente que estamos hablando de un sistema como se ve, totalmente a tracción a sangre y lo que hoy, procesan y determinan los sistemas computarizados, en esa época debíamos hacerlo nosotros, cada vez. Los códigos de reserva se conformaban con seis dígitos en total y se construían, abriendo los dos correspondientes a la fecha del vuelo, por ejemplo día 15, se colocaba el 1 al principio y el 5 al final y en el medio, los dos dígitos del número de posición en la planilla (ejemplo 01) y los dos del número de funcionario (el mío era el 48...si, hablaba).
La presencia
En consonancia con lo descripto, estaba prohibido usar mocasines, debíamos llevar zapatos negros acordonados, obviamente camisa blanca y corbata azul y el cabello, no podía sobrepasar el cuello y ni hablar de patillas, barba y mucho menos de aros, los varones...
La duda
En esa época, la conectividad de Montevideo, por ejemplo, era a mi entender, superior a la actual. Habían más medios fluviales, había más aerolíneas internacionales llegando y partiendo de Carrasco. Lo que no había seguro, eran cuentas satélites y mucho menos, estadísticas, por lo tanto, el mercado, ¿era mayor?. Nos vemos.
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