Conviene realizar una primera precisión. Actualmente, Paranair continúa siendo la única compañía que ofrece vuelos regulares directos entre Montevideo y Asunción. Su operación, sin embargo, ha sufrido las consecuencias de las dificultades que atraviesa la aerolínea paraguaya, especialmente por las limitaciones de una flota reducida que también provocaron cancelaciones, reprogramaciones y la suspensión temporal, durante septiembre, de los vuelos domésticos entre Montevideo y Salto.
Por lo tanto, LATAM no anunció la recuperación de una conexión inexistente, sino su ingreso futuro a una ruta que hoy mantiene Paranair. Si ambas compañías continúan operándola cuando llegue el primer trimestre de 2027, por primera vez en mucho tiempo tendremos competencia directa entre Montevideo y Asunción.
Y entonces aparecerá la primera interrogante: ¿existe mercado suficiente para sostener simultáneamente las operaciones de LATAM y Paranair?
Mi respuesta inicial es que la demanda existe. Lo que no ha existido, desde la desaparición de PLUNA, es la continuidad empresarial, la densidad de frecuencias y, sobre todo, una red capaz de potenciar ese tráfico.
Una ruta que PLUNA conocía muy bien
Cuando PLUNA dejó de operar en julio de 2012, Montevideo–Asunción era una de las rutas más redituables de su entramado regional. La compañía llegó a realizar dos vuelos diarios en cada sentido y transportaba aproximadamente 5.000 pasajeros mensuales, unos 60.000 al año.
Las estimaciones divulgadas en aquel momento indicaban que alrededor del 70% de los pasajeros correspondía al segmento corporativo. No resulta extraño. Entre Uruguay y Paraguay existían —y siguen existiendo— movimientos empresariales, inversiones, servicios profesionales, relaciones comerciales y una creciente vinculación entre operadores privados de ambos países.
No era una ruta sostenida exclusivamente por turistas ocasionales. Tenía una base corporativa, comercial e institucional que le otorgaba una demanda relativamente estable durante todo el año.
Pero PLUNA no comercializaba únicamente un asiento entre Montevideo y Asunción. Su verdadero producto era otro: conectaba Asunción, a través del aeropuerto de Carrasco, con una red de ciudades de la región.
El pasajero paraguayo podía utilizar Montevideo como punto de conexión hacia Buenos Aires, Santiago de Chile, Porto Alegre, Córdoba, Rosario y otros destinos. Del mismo modo, Carrasco recibía viajeros procedentes de diferentes mercados que continuaban hacia Asunción.
La rentabilidad de una ruta aérea no depende solamente del tráfico entre sus dos extremos. También depende de la capacidad de la compañía para alimentarla con pasajeros provenientes de otros mercados.
Esta diferencia resulta fundamental para comprender por qué una ruta que funcionó con éxito dentro de la red de PLUNA perdió posteriormente estabilidad.
Catorce años de operadores y discontinuidades
Después del cierre de PLUNA, diferentes compañías intentaron atender la conexión. BQB anunció rápidamente su intención de ocupar el espacio que había quedado vacante. Más tarde llegaron Amaszonas Paraguay, Amaszonas Uruguay y finalmente Paranair, heredera de la operación paraguaya del grupo Amaszonas.
Cada una, con sus características y limitaciones, procuró sostener el enlace. Sin embargo, ninguna pudo reconstruir la combinación de frecuencias, conexiones y volumen comercial que había desarrollado PLUNA.
Amaszonas Uruguay terminó cesando sus operaciones. Paranair consiguió permanecer y se transformó en la única operadora directa, utilizando aeronaves Bombardier CRJ-200 de 50 plazas. Es un equipo adecuado para mercados regionales de menor densidad, pero la compañía dispone de una flota muy pequeña. En esas condiciones, cualquier avión que quede temporalmente fuera de servicio repercute inmediatamente sobre varias rutas.
Durante 2026, Paranair acumuló cancelaciones y modificaciones de programación. Las autoridades aeronáuticas paraguayas le exigieron adecuar la cantidad de vuelos a la capacidad real de su flota y la compañía redujo temporalmente algunas operaciones. En Uruguay, la consecuencia más visible fue la interrupción durante septiembre de los vuelos entre Montevideo y Salto.
Paranair fue además vendida durante este año a un nuevo grupo inversor y se encuentra en una etapa de reorganización. Esto no significa que esté condenada a desaparecer. Significa que su continuidad y su capacidad para competir dependerán de que pueda incorporar aeronaves, recuperar regularidad operativa y fortalecer su estructura comercial.
Existe, además, un antecedente que no debería pasar inadvertido. LATAM y Paranair mantuvieron durante varios años un acuerdo de código compartido que finalizó en 2025 por lo que ambas compañías definieron públicamente como razones comerciales. Poco más de un año después, LATAM anuncia que operará directamente una de las rutas más importantes de la empresa paraguaya.
No corresponde afirmar, sin información que lo demuestre, que LATAM pretende desplazar a Paranair. Pero tampoco podemos ignorar que la futura competencia será profundamente asimétrica.
El peso de LATAM
LATAM llegará con una marca ampliamente reconocida, una enorme capacidad comercial, acuerdos corporativos, un programa de pasajero frecuente, canales de distribución internacionales y posibilidades de conexión que una compañía pequeña difícilmente pueda igualar.
También llegará, presumiblemente, con aeronaves de la familia Airbus A320, cuya capacidad es muy superior a la de los CRJ-200 utilizados por Paranair. Cinco frecuencias semanales de LATAM podrían incorporar al mercado alrededor de 850 plazas por sentido cada semana, dependiendo finalmente del modelo y de la configuración elegidos.
No es una oferta menor. Obliga a preguntarse si LATAM detectó una demanda insatisfecha entre Uruguay y Paraguay o si pretende desarrollar un volumen nuevo apoyándose en su red de conexiones.
El anuncio de Montevideo no fue aislado. Forma parte de un fortalecimiento mucho más amplio de LATAM en Paraguay, que comprende el aumento de frecuencias desde Asunción hacia São Paulo y Lima. La compañía proyecta pasar de 26 a 37 operaciones semanales en ese mercado.
Por eso considero que LATAM no está mirando solamente el tráfico entre Asunción y Montevideo: está construyendo una red regional en la cual nuestra capital pasa a ocupar una posición propia.
Esa diferencia puede ser decisiva. Una compañía no necesita depender exclusivamente de los pasajeros que comienzan su viaje en Montevideo y lo terminan en Asunción. Puede alimentar el vuelo con viajeros que continúen hacia otros mercados de su red.
¿Competencia o sustitución?
La llegada de LATAM debería producir más opciones, mejores tarifas y nuevas posibilidades de conexión. Pero falta conocer un dato esencial: qué hará Paranair cuando el nuevo operador comience a volar.
Si Paranair permanece, el mercado tendrá dos productos muy distintos. Por un lado, una compañía paraguaya pequeña, con aeronaves de 50 plazas y capacidad para ajustar su oferta a la demanda puntual. Por otro, el mayor grupo aéreo de América Latina, operando aviones considerablemente más grandes y respaldado por una red continental.
La competencia podría hacer crecer el mercado. Las mejores frecuencias y tarifas pueden estimular nuevos viajes, fortalecer los vínculos empresariales y aumentar el movimiento turístico entre los dos países. Pero también podría ocurrir que Paranair no consiga soportar la presión comercial y termine retirándose.
En ese caso, no habríamos pasado de una compañía a dos, sino de un operador a otro. Ganaríamos capacidad y conectividad, pero continuaríamos dependiendo de una única empresa.
La verdadera conquista no será que LATAM sustituya a Paranair. Será que el mercado crezca lo suficiente para sostener alternativas, frecuencias adecuadas y competencia permanente.
El mercado estaba allí
Durante años nos acostumbramos a interpretar la desaparición de determinadas rutas como una demostración de que no existía demanda. Es una conclusión demasiado cómoda y, en numerosos casos, equivocada.
Las rutas también desaparecen porque quiebra la compañía que las opera, porque la flota resulta insuficiente, porque los horarios no sirven al pasajero corporativo, porque las tarifas son demasiado elevadas o porque el vuelo funciona aislado y sin conexiones.
Montevideo–Asunción tuvo tráfico, pasajeros y rentabilidad. Lo demostró PLUNA cuando transportaba cerca de 5.000 personas por mes. Lo confirmaron los operadores que, con mayor o menor fortuna, regresaron una y otra vez durante los catorce años posteriores.
La pregunta, entonces, no es por qué LATAM decidió volar ahora entre ambas capitales. La pregunta es por qué una ruta con semejantes antecedentes pasó tantos años sometida a interrupciones, frecuencias insuficientes y operadores con estructuras demasiado frágiles para desarrollarla.
El regreso de una gran compañía puede abrir una nueva etapa. Pero también vuelve a mostrarnos algo que Uruguay parece olvidar cada vez que analiza su conectividad aérea: no alcanza con disponer de pasajeros potenciales. Se necesita una estrategia, una red y empresas capaces de transformar ese mercado en conectividad estable.
Montevideo–Asunción nunca dejó de tener razones para existir. Lo que perdió después de PLUNA fue la estabilidad necesaria para crecer. LATAM parece haberlo comprendido. Ahora resta saber si su llegada permitirá consolidar definitivamente la ruta o si simplemente inaugurará otro capítulo de una historia marcada por sucesivos comienzos y demasiadas interrupciones.

