Falta el número 12, si alguien lo tiene por ahí...
Por Sergio Antonio Herrera
Estoy revisando la colección de la revista Ruttas de 1986 y 1987 buscando la primera nota que publicamos de Miguel Ángel Acerenza. Ese era el propósito inicial, bastante concreto: localizar el artículo, establecer en qué número apareció, reconstruir aquella primera colaboración y comenzar desde allí un trabajo mucho más amplio sobre la trayectoria y la obra de quien fue uno de los grandes pensadores del turismo latinoamericano. Pero los archivos tienen esas cosas. Uno abre una revista buscando un nombre y termina encontrándose con una época, con personas, con imágenes y con episodios que permanecían guardados en algún rincón de la memoria. Y así, página tras página, empecé a encontrarme con historias como estas.
Ruttas fue lo primero que hice en gráfica como periodista de turismo. Publiqué 13 ediciones en dos años y cada número costaba un dineral. Para que se entienda hasta dónde llegaba aquella apuesta: para pagar la imprenta del número 2 tuve que vender el auto que tenía, un Chevette. No cuento esto para dramatizar ni para convertirme, tantos años después, en héroe de mi propia historia. Lo cuento porque ayuda a dimensionar lo que significaba sacar una revista especializada en aquel Uruguay, cuando cada nueva edición obligaba a empezar otra vez desde cero.
Era una revista joven, construida con enorme esfuerzo, pero tenía una vocación que, vista desde hoy, resulta por lo menos audaz. No queríamos limitarnos a publicar noticias del turismo uruguayo. Ruttas circulaba por el Cono Sur, fundamentalmente en el sur de Brasil, Paraguay y Argentina, además de Uruguay. Trabajábamos en el espacio regional que pocos años después se institucionalizaría como Mercosur, cuando el Mercosur todavía no existía. Aspirábamos a vincular a operadores, transportistas, hoteleros, agentes de viajes, autoridades y periodistas de toda esa región. No había internet, no existían las redes sociales y las comunicaciones eran infinitamente más lentas y difíciles. Sin embargo, allí estábamos, llevando una revista uruguaya a Buenos Aires y Porto Alegre como si aquello fuera la cosa más natural del mundo.
Del otro lado del charco
La presentación en Buenos Aires se realizó el 12 de agosto de 1987, en los salones de la Embajada de Uruguay. Contamos con el apoyo del embajador Jorge Barrios Tassano y con la gestión del primer secretario de la representación diplomática, Carlos Clulow Leprete. Las fotografías muestran un salón repleto, representantes del turismo argentino y uruguayo, autoridades, empresarios y una delegación que habíamos llevado desde Montevideo y que, al volver a verla, me impresiona hasta a mí mismo.
Entre los periodistas que viajaron estaba Diego Fischer, hoy uno de los escritores uruguayos más conocidos y leídos, que en aquel momento trabajaba en Radio Sarandí, en el programa En vivo y en directo. También fue Ignacio “Nacho” Suárez, con su programa Tarde de sábados, de Canal 4. Nacho no viajó solo: cruzó con todo el equipo de filmación para cubrir la presentación. En una de las fotografías aparece observando mientras yo leo unas palabras durante la apertura del acto. Ver esas imágenes casi cuarenta años después permite dimensionar lo que significó aquella movida para una publicación especializada que recién comenzaba a abrirse camino.
Las páginas también reservan una de esas pequeñas ironías que solo el tiempo sabe fabricar. En una de las fotos estoy junto a Juan Carlos López Mena, por entonces parte de aquel mundo turístico y empresarial que acompañaba a Ruttas. Después lo critiqué muchas veces, con nombre y apellido, a lo largo de mi vida profesional. Pero allí estamos los dos, mucho antes de esas polémicas, compartiendo una presentación en Buenos Aires. Los archivos no opinan ni toman partido: simplemente guardan todo.
Sin embargo, la historia más cinematográfica ocurrió después. Horacio Ferrer era amigo íntimo de Nacho Suárez y fue Nacho quien me invitó a acompañarlo para hacerle una nota. Terminada la presentación, fuimos al Hotel Alvear, donde Ferrer vivía en un apartamento de su propiedad que daba a la calle Ayacucho. Aquel poeta extraordinario, autor de María de Buenos Aires, Chiquilín de Bachín y Balada para un loco, vivía, literalmente y como en el tango, en el bulín de la calle Ayacucho.
Nacho subió a buscarlo. Poco después se abrió el ascensor y aparecieron los dos. Ferrer llevaba una boina, una capa marrón y un clavel rosa. Afuera lo esperaba un Mercedes-Benz Super Sport de 1929, al que le habían colocado un motor Volkswagen 1500. Al momento de partir, Horacio Ferrer, su esposa y Nacho Suárez subieron a aquel automóvil rumbo a La Cátedra, uno de los restaurantes de Ferrer en Palermo, frente al Hipódromo, donde terminaríamos cenando aquella noche.
Cuando lo vimos salir del Alvear vestido de aquella manera y subir a aquel automóvil, Pocho Longo, de Canal 4, y yo nos miramos. La conclusión fue inmediata:
“¿Cómo no va a escribir ‘Balada para un loco’ este tipo?”
No era una pose preparada para nosotros. Horacio Ferrer era así. Parecía haber salido de uno de sus propios versos y caminar por Buenos Aires dentro de su propia creación. Nosotros habíamos ido a presentar una revista uruguaya de turismo y terminamos cenando con uno de los grandes poetas del Río de la Plata, después de atravesar la ciudad detrás de un Mercedes de 1929 conducido por un personaje con capa, boina y clavel. Hay noches que ningún cronista podría inventar mejor.
En la capital gaúcha
La otra presentación que reapareció en la colección fue la de Porto Alegre, realizada el 8 de julio de 1987 en el bar Tiffany’s del Alfred Porto Alegre Hotel. Allí los anfitriones fueron José y Jorge Fourjan, amigos míos y corresponsales de Ruttas en Porto Alegre. Desde Uruguay viajamos integrantes del equipo de la revista, entre ellos Clodomiro López Ferrao. También participó Marcel Meyer, nuestro representante para Rio Grande do Sul, Santa Catarina y Paraná. La concurrencia volvió a ser muy importante: representantes del transporte aéreo y terrestre, hoteleros, empresas de alquiler de automóviles, operadores, agentes de viajes, autoridades del turismo brasileño y figuras de la prensa gaúcha.
Entre ellas estuvo Renato Brenol, periodista especializado y director del suplemento de Turismo de Zero Hora, además de un representante de Correio do Povo. No fue una presencia meramente protocolar: los dos diarios publicaron posteriormente información sobre el lanzamiento. Correio do Povo lo hizo el 12 de julio y Zero Hora el 19. Uno de aquellos recortes explicaba que Ruttas pretendía unificar la información turística de Uruguay, Argentina y Brasil. Esa frase resume mejor que cualquier discurso la ambición regional que teníamos.
Volver sobre estas páginas no provoca solamente nostalgia. Produce sorpresa, gratitud y, por qué no, algo de legítimo orgullo. Éramos jóvenes, teníamos recursos limitados y seguramente nos sobraba inconsciencia, pero creíamos que una revista uruguaya podía cruzar fronteras, reunir a protagonistas del turismo regional y hacerse escuchar en Buenos Aires y en el sur de Brasil. Y lo hicimos.
Yo había abierto la colección buscando a Miguel Ángel Acerenza. Lo encontré, por supuesto. Pero en el camino también encontré a Diego Fischer antes de convertirse en un autor de enorme éxito; a Nacho Suárez cruzando el río con un equipo entero de televisión; a Juan Carlos López Mena antes de tantas controversias; a la prensa gaúcha acompañando nuestro desembarco en Porto Alegre; y a Horacio Ferrer bajando del Alvear con capa, boina y clavel para subirse a un Mercedes de 1929.
Tal vez para eso sirven realmente los archivos. No solo para certificar lo que pasó, sino para recordarnos quiénes éramos, cuánto nos animábamos a hacer y cuántas historias extraordinarias pueden esconderse entre dos páginas amarillentas.
Y entre las páginas que siguen ya aparecieron un Roque Baudean de apenas 18 años, María Shaw en los tiempos dorados del Victoria Plaza y un cuento de esperanza ficción en el que imaginaba cómo sería el transporte uruguayo del siglo XXI. Pero esas son otras historias. Y las vamos a contar.

