Diez preguntas sobre los ómnibus, los trasbordos y el futuro del transporte en la región este
Lunes, 14 Septiembre 2026

Diez preguntas sobre los ómnibus, los trasbordos y el futuro del transporte en la región este

La decisión de impedir que los ómnibus interdepartamentales e internacionales lleguen a la Terminal de Punta del Este provocó reacciones que van bastante más allá de la incomodidad de cambiar de vehículo. Se cuestiona el diagnóstico que sostiene la medida, se duda de la capacidad de la Terminal de Maldonado para absorber la nueva operativa y se teme que una modificación presentada como solución al tránsito termine convirtiéndose en un problema para quienes viajan.

por Sergio Antonio Herrera, desde Montevideo

Para examinar el asunto consulté, en forma confidencial, a casi tres decenas de referentes vinculados desde distintos ámbitos con Punta del Este. No publicaré sus nombres ni sus respuestas individuales. Este informe recoge, con la mayor fidelidad posible, los criterios expresados: tanto las coincidencias como los desacuerdos, y también la contundencia con que fueron formulados. No es una encuesta estadística ni pretende sustituir un estudio de movilidad.

La Intendencia de Maldonado anunció que, durante la próxima temporada, los grandes ómnibus terminarán en la Terminal de Maldonado. Quienes tengan como destino Punta del Este serán llevados desde allí en vehículos menores, sin un cobro adicional. Según la Intendencia, la terminal de la península no cerrará: cambiará su forma de funcionar.

¿Qué se desprende de someter esa decisión a diez preguntas concretas?

1. ¿Está comprobado que los grandes ómnibus causan una parte decisiva del congestionamiento?

No hay acuerdo sobre la causa, y nadie aportó a esta consulta una medición que determine el peso específico de los ómnibus. Para algunos, su presencia agrava claramente el tránsito, sobre todo en los accesos y durante las semanas más críticas. Para otros, responsabilizarlos es equivocar el diagnóstico: apuntan a la enorme cantidad de automóviles, las rotondas, los giros, los semáforos y los problemas de circulación que se repiten aunque no haya un ómnibus delante.

La Intendencia sostiene que en temporada llegan unos 180 coches diarios y que el trayecto entre ambas terminales puede demandar 50 minutos. Esas son cifras y tiempos afirmados por la administración, no mediciones verificadas por quienes participaron en esta consulta. Algunos los cuestionan expresamente. El congestionamiento existe; lo que sigue sin quedar establecido aquí es cuánto mejorará si se retira una sola categoría de vehículos.

2. ¿Es acertado impedir el ingreso de los ómnibus desde noviembre?

Aquí aparece una fractura clara. Hay quienes consideran que una ciudad que creció ya no puede sostener una terminal de grandes coches en ese punto y que, tarde o temprano, habrá que cambiar. Pero varias respuestas califican la medida anunciada de desacertada, prematura o directamente disparatada.

La crítica más fuerte no consiste simplemente en defender una costumbre. Consiste en preguntar por qué se pretende suprimir el viaje directo antes de demostrar que la alternativa está preparada. Incluso entre quienes aceptan discutir la salida de los ómnibus, aparece la idea de hacer pruebas, preservar determinados servicios durante una transición o diferenciar horarios. Lo que provoca mayor resistencia es presentar una prohibición y un trasbordo como si, juntos, constituyeran ya una solución.

3. ¿Puede funcionar el trasbordo en la Terminal de Maldonado?

La desconfianza es fuerte. El sistema anunciado fue descrito en las respuestas como engorroso y, en los términos en que se conoce hoy, hasta como un desastre. Hay temor a esperas, descoordinación, más personal y vehículos circulando, mayores costos para las empresas y un viaje que, en vez de hacerse más rápido, termine demorando más.

La gratuidad prometida significa que al pasajero no se le cobraría otro boleto; no significa que la operación no tenga costo. Vehículos, conductores, combustible, seguros, equipaje y coordinación deberán ser pagados por alguien. También se planteó una objeción sencilla: sustituir coches grandes por unidades pequeñas puede reducir el tránsito pesado sin reducir necesariamente el número de vehículos, inclusive, hasta lo que sería peor, puede aumentarlo.

No todas las opiniones descartan el enlace. Algunas ven posible ensayarlo y otras proponen shuttles como parte de una red permanente. Pero un shuttle organizado, frecuente y capaz de llevar pasajeros con equipaje no es lo mismo que resolver cada llegada con una camioneta cuya espera y capacidad se desconocen.

4. ¿Qué pasa con quienes viajan con niños, valijas o dificultades de movilidad?

Para buena parte de las personas consultadas, el anuncio mira los vehículos desde afuera y presta insuficiente atención a quienes van adentro. Un trasbordo no es una abstracción: implica bajar, retirar el equipaje, identificar el vehículo correcto, volver a cargar las valijas y completar otro tramo. En sentido contrario, implica llegar a tiempo al enlace para no perder la salida del ómnibus principal.

Las dificultades pueden multiplicarse para adultos mayores, familias, personas con movilidad reducida y turistas extranjeros que desconocen el lugar. Hubo también quien estimó que, si el servicio está bien resuelto, esos inconvenientes no serían necesariamente graves. Pero esa confianza depende de un funcionamiento concreto que aún no puede evaluarse. Decir «el traslado será gratuito» no responde cómo será el traslado.

5. ¿Tiene la Terminal de Maldonado capacidad para asumir todo esto?

Esta es una de las respuestas más contundentes de la consulta: predominan quienes creen que no. La terminal es considerada insuficiente para concentrar los servicios que hoy terminan en Punta del Este y sumarles trasbordos, vehículos de apoyo, pasajeros esperando y movimiento de equipajes durante la temporada alta. Se mencionan problemas de espacio, estacionamiento, servicios, accesibilidad y condiciones generales de funcionamiento.

No faltan críticas al estado de la propia Terminal de Punta del Este. Es decir: la infraestructura existente en ambos extremos merece una revisión seria. Pero trasladar más operaciones a Maldonado sin tenerla preparada no arreglaría ese déficit; podría hacerlo más visible y más perjudicial. Ninguna respuesta sustituye una inspección técnica de capacidad, pero sería infiel al material recogido describir esta preocupación como una duda menor.

6. Si dejan de llegar los grandes ómnibus, ¿qué será la terminal de Punta del Este?

La afirmación oficial de que «no cierra» no despeja la cuestión principal: ¿para qué quedará y cómo funcionará? Algunas respuestas quieren que continúe exactamente como terminal interdepartamental, con mejoras acordes con el destino. Otras imaginan un punto de conexión local con información turística, taxis, shuttles y servicios de emergencia.

También aparece desconfianza sobre el futuro del predio. Esa sospecha existe y sería deshonesto ocultarla; pero no hay elementos en esta consulta para afirmar que se esté preparando una operación inmobiliaria. Precisamente por eso importa definir públicamente el destino del lugar. Mantener abierto un edificio no equivale, por sí solo, a conservar una terminal con la función que los pasajeros conocen.

7. ¿Se necesita una nueva terminal regional? ¿Es adecuada la zona de Ruta 39 y la Perimetral?

Hay apoyo a la construcción de una terminal nueva, pero no a cualquier precio ni en cualquier lugar. La zona mencionada de Ruta 39 y la Perimetral despierta objeciones importantes por la distancia y los tiempos adicionales que podría imponer a determinados pasajeros. También se han sugerido otros sectores, mejor relacionados —según quienes los proponen— con Maldonado, Punta del Este y el corredor hacia el este.

Una terminal regional puede ser una buena inversión o un nuevo inconveniente, según dónde se ubique y cómo se conecte. Elegir un gran predio no es diseñar una red de transporte. Tampoco es sensato dar por resuelta la ubicación mientras persisten desacuerdos tan fuertes sobre las necesidades a las que debería responder.

8. ¿Debería servir sólo a Maldonado y Punta del Este o a una región más amplia?

La idea de atender un territorio más amplio aparece con fuerza, aunque no todos imaginan el mismo alcance. Una nueva cabecera podría articular Maldonado, Punta del Este, San Carlos, La Barra y los destinos que continúan hacia el este. Pero también se advierte que reunir todos los servicios en un único punto puede alargar viajes si obliga a hacer rodeos o conexiones mal diseñadas.

Esta pregunta deja al descubierto una limitación del debate actual. Muchos pasajeros no terminan su viaje ni en la península ni en la Terminal de Maldonado. Pensar el sistema únicamente en función de esas dos estaciones puede dejar sin respuesta a barrios y balnearios que forman parte de la vida turística y cotidiana de la región.

9. ¿Cómo se mantiene una conexión cómoda sin ingresar con todos los grandes ómnibus a la terminal actual?

Surgieron distintas alternativas: servicios directos diferenciados según destino, paradas intermedias, shuttles hacia diversas zonas, transporte departamental coordinado, taxis y otras opciones para quien las necesite. No todas son equivalentes ni reemplazan por sí solas el viaje directo. Un taxi puede complementar la red; difícilmente pueda ser la única respuesta para todos los pasajeros.

La idea de las paradas merece atención. Hoy hay viajeros que bajan antes de la terminal porque allí les conviene. Un futuro sistema no debería convertir la llegada a una cabecera única en una obligación innecesaria si existen puntos de descenso seguros y útiles. También debería examinarse si determinados servicios pueden continuar hacia La Barra o más al este sin trasladar a esas zonas el mismo problema de circulación que se busca evitar en la península.

10. ¿Qué debería hacerse ahora?

Las posiciones finales son francamente distintas. Unas reclaman mantener la terminal de Punta del Este y mejorarla; otras piden avanzar hacia una terminal regional definitiva. Entre ambas aparece una exigencia repetida: no improvisar en plena temporada una operativa que todavía no mostró cómo resolverá sus aspectos básicos.

La prueba piloto es una propuesta concreta, pero sólo tendrá valor si sirve para comprobar tiempos totales de viaje, esperas, capacidad, costos, accesibilidad, manejo de equipajes y efectos sobre el tránsito. Probar no puede significar simplemente aplicar la medida y ver si los pasajeros se acostumbran.

Lo que surge del conjunto

El resultado de esta consulta es mucho más crítico que una simple petición de «estudiar el tema». Hay rechazo frontal a la decisión, hay cuestionamientos severos al trasbordo anunciado y hay una desconfianza muy extendida sobre la capacidad actual de la Terminal de Maldonado. Al mismo tiempo, existen voces que consideran necesario sacar progresivamente los grandes ómnibus del acceso a la península y pensar una terminal para la región que Punta del Este ha llegado a ser.

No hay unanimidad acerca de dónde debería estar esa terminal ni acerca de cuánto contribuyen los ómnibus al embotellamiento. Sí hay una advertencia difícil de ignorar: quitar los coches de la península, enviarlos a Maldonado y prometer vehículos menores no demuestra todavía que se haya resuelto el problema. Podría aliviarse una parte del tránsito mientras se complican otros recorridos, se sobrecarga una terminal insuficiente y se le entrega al pasajero una experiencia peor.

La discusión, entonces, no queda saldada entre quienes quieren conservar todo como está y quienes aceptan cualquier cambio en nombre del progreso. El verdadero desafío es transformar el transporte sin disfrazar de solución definitiva un trasbordo cuya viabilidad aún está en entredicho.

Mi posición: cambiar de verdad, no improvisar un trasbordo

Después de leer opiniones tan diversas, mi conclusión no es que la Terminal de Punta del Este deba permanecer para siempre donde está. Creo que, con el crecimiento de la ciudad y de toda su zona de influencia, la entrada de grandes ómnibus interdepartamentales e internacionales a ese punto será cada vez más difícil de sostener. La comodidad que hoy ofrece a determinados pasajeros es valiosa, pero no puede ser el único criterio para decidir cómo debe funcionar el transporte de toda una región.

Dicho esto, no estoy de acuerdo con la solución que se pretende aplicar a partir de noviembre. Retirar los ómnibus y concentrarlos en la actual Terminal de Maldonado para repartir después a los pasajeros en vehículos menores no constituye, por sí solo, una reorganización del transporte. En las condiciones que hoy se conocen, temo que agregue esperas, movimientos de equipaje, vehículos y confusión a una situación que ya es complicada. Se puede terminar cambiando un problema por varios.

Por eso entiendo que la Intendencia debería dar marcha atrás con la aplicación general de la medida para esta temporada, no con el objetivo de transformar el sistema. Noviembre y los meses siguientes pueden aprovecharse para hacer pruebas acotadas, ensayar shuttles, comprobar la capacidad real de Maldonado, estudiar paradas intermedias y medir el tiempo total que demora cada pasajero en llegar a destino. Si la experiencia revela dificultades, se corrigen antes de extender el cambio. Una temporada turística no debería comenzar con una operativa generalizada cuya eficacia aún no se ha demostrado.

La decisión de fondo es otra: definir una terminal moderna fuera del punto crítico de acceso a la península y conectarla con un sistema de transporte que sirva a todo el Gran Punta del Este. No me convence la ubicación planteada en Ruta 39 y la Perimetral. La considero inviable como respuesta para el conjunto de pasajeros que necesitan llegar a Maldonado, la península, La Barra, Manantiales, balneario Buenos Aires o José Ignacio. Una terminal no se elige sólo por el espacio que ofrece un terreno: se elige por su relación con los destinos a los que debe servir.

En cambio, la zona de El Jagüel y del antiguo asentamiento Kennedy me parece una alternativa plausible para estudiar seriamente. No estoy señalando hoy un padrón ni presentando un proyecto de ingeniería. Estoy señalando un sector que merece ser comparado con otras opciones por sus accesos y por su posibilidad de articular desplazamientos hacia la península, Maldonado y el este. Que se haya intentado vender una parte de esas tierras no elimina la necesidad de examinar si allí, o en su entorno, puede encontrarse una solución de interés general.

Esa futura terminal tampoco tendría por qué ser el único lugar donde una persona pueda bajar. Las paradas intermedias seguras y bien señalizadas, como las que hoy utilizan pasajeros en la Mansa, deben formar parte del análisis. También habría que estudiar recorridos diferenciados: no todos los servicios ni todos los pasajeros tienen como destino final la península. En algunos casos podría tener sentido continuar hacia otras localidades; en otros, sería preferible conectar mediante shuttles frecuentes, accesibles, coordinados con los ómnibus y capaces de transportar equipajes sin convertir cada trasbordo en una odisea.

No se trata de defender la costumbre de llegar en el mismo coche hasta la puerta de la terminal actual, ni de exigir que toda incomodidad desaparezca mágicamente. Las ciudades cambian y las costumbres también. Se trata de que el cambio responda al bien común: el de los residentes, los trabajadores, los visitantes, las empresas y la propia ciudad, considerados en conjunto. Y el bien común no se alcanza simplemente prohibiendo la entrada de ómnibus; se alcanza construyendo una alternativa mejor.

Estoy a favor de sacar, a futuro, los grandes ómnibus de ese punto de la península. Estoy en contra de hacerlo ahora mediante un trasbordo generalizado que todavía no ha probado que puede funcionar. Primero hay que ensayar, medir y corregir. Después, tomar la decisión definitiva sobre la terminal y sobre toda la red de conexiones que Punta del Este —el Punta del Este de hoy y el que viene— necesita.

Portal de América

 

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