Domingo, 16 Abril 2017 13:46

El overbooking; el revenue management; y como pasamos de casi vip´s a eventuales terroristas

El reciente atropello sufrido por el ciudadano vietnamita-estadounidense que fue bajado a la fuerza de un avión de United ha traído todo tipo de análisis y consideraciones, los cuales obviamente se han multiplicado a través de las redes sociales y por ende, contribuído a aumentar la información por un lado para los eruditos y por el otro, la confusión para el común de la gente. Nos parece oportuno intentar abarcar el contexto para en primera instancia, intentar "traducirlo" para aquellos que no tienen la obligación de estar al día con "lo último" en materia de transporte aéreo y a la vez, instalar nuestra mirada acerca de la cada vez menos amigable experiencia que representa viajar en avión.

 

 

De casi Vip´s a presuntos terroristas

Quienes hace rato peinamos canas echamos de menos y con mucha nostalgia nuestras incursiones en el largo radio cuando el pasajero era algo asi como un huésped de honor y no solamente en los aviones, sino también en los counters y en todos los espacios aeroportuarios.

Recibir en economy un trato casi de business o de primera era parte del marketing necesario para competir con el servicio de las otras aerolíneas. Una manta de veras, no esa especie de golillas agrandadas que nos dan ahora; cubiertos de alpaca, el trago de preferencia, si bien no en régimen de canilla libre pero si en abundancia, y comida, no las míseras dádivas en forma de simil sandwich actual.

Habrá que "agradecerles" obviamente a los causantes del 11S y ahora al ISIS el destrato casi humillante de los controles de seguridad preabordaje y no a las aerolíneas, pero es otro dato de la incómoda realidad contemporánea a la que nos vemos sometidos antes de subir a un avión.

El overbooking o en castellano, la sobreventa y la evolución de los precios

Este recaudo de sobreventa que puede volverse salvaje, es tan viejo como la aviación. Las variables son los porcentajes de resguardo que exige casa central. Hay criterios a primera vista incomprensibles desde las altas cúpulas de las megaempresas, en definitiva, las que marcan tendencia. Hasta darían a entender que por un lado se autoinfligen la obligación de recaudar modestamente por la simple venta de tickets, cuando en realidad el negocio se presenta no solamente por el lado de los ancillary revenue o servicios complementarios, sino también por las penalidades, entre otros recursos.

Mientras que las tarifas no solamente se han mantenido sino que en proporción han descendido norotiamente en dólares, al punto que han recorrido el camino inverso al resto de los insumos de un viaje standard, con el paso de los años, ya que se multiplicaron varias veces en dólares los precios de los hoteles; de los transfers; los tours; las comidas y demás, con lo cual, hablando de pasajes aéreos el directo favorecido es el consumidor. Lo que ha variado dramáticamente en perjuicio del pasajero ha sido todo lo relacionado a las variables. Las penalidades por un simple cambio de fecha; la inversión convertida en nada por un no show; la exorbitancia de las tarifas de transporte del equipaje imprescindible; la inconsistencia de las comidas vendidas a bordo; los nada "free taxes prices" de la venta a bordo y las detonantes diferencias tarifarias descubiertas en una misma fila en charla de vuelo por afectados del renevue management, son parte de esta nueva realidad con toques de real deterioro que observamos en perjuicio del pasajero medio.

Si a todo esto le sumamos el latente riesgo de la aplicación de las consecuencias de la "excepción a la regla" del overbooking, es comprensible entender que la reacción de una persona normal a la que le afecte esta eventualidad, puede llegar a ser muy parecida a la del Doctor David Dao, por más que posteriormente al hecho se le hayan endilgado defectos como los de adicto o abusador.

Del seguro placer a la incertidumbre total

No hace falta ser tan simplista recordando la máxima que para morir solamente hace falta estar vivo, pero, volviendo a la nostalgia del ayer, cuando nos aprestábamos a viajar en avión ya fuese a corta, media o larga distancia, teníamos claro en el inconsciente que los aviones podían caerse, que dependiendo el destino elegido podíamos exponernos a un terremoto, ciclón o huracán (los tsunamis aún no habían sido bautizados) o en épocas aún más remotas, podíamos arriesgarnos a contraer alguna fiebre, malaria o pestes varias.

Todas las señaladas eran posibilidades ciertas, reales, factibles, pero claramente para el común, muy improbables a la hora de definir un destino o seleccionar la fecha del viaje.

En la actualidad, cuando salimos de casa y llegamos al aeropuerto arrastrando nuestra maleta encarando el mostrador de la aerolínea transportadora ya sabemos que podemos tener la ingrata noticia de un eventual overbooking. Si superamos esa instancia y embarcamos, tendremos la certeza del díficl control de seguridad en el que comenzará el contrasentido del placer caminando descalzos, sosteniéndonos los pantalones porque el cinto va por la cinta y enfrentando el chequeo electrónico que nos habilite como persona no terrorista.

Una vez a bordo, si tuvimos la fortuna de conseguir pasillo y no nos tocó la fila de emergencia o la última, y reclina lo poco que reclinan hoy los asientos, pasaremos a medir en los hechos y con nuestras rodillas el pitch decretado por las autoridades de la compañía el cual determina la versión y por ende, la recaudación para ellos y la comodidad o incomodidad para nosotros.

Aceptaremos o no el mendrugo envuelto que nos depositan en la mesita y comenzaremos a mirar el reloj para ir sabiendo cuanto falta para llegar a destino finalmente y comprobar si el avión al que nos encaramamos, no es blanco de ningún atentado.

Una vez en tierra firme, al menos aplicando la propia experiencia, nos despojamos del chip del temor y las propias tácticas de supervivencia y nos diponemos a disfrutar del destino porque si seguimos pensando en las posibilidades de riesgo que tenemos, no podríamos sentarnos a las mesas en ningún café, en ninguna vereda del mundo, no podríamos siquiera intentar viajar en metro, ir a un espectáculo teatral, a un show o simplemente a un estadio de fútbol.

Al final

A pesar de todo, viajar sigue siendo maravilloso y no hace falta que seamos precisamente nosotros quienes lo reivindiquemos.

Portal de América

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